Dinamita y humanitarismo

Ha colaborado con artículos, crítica, reportajes y ensayos en los principales periódicos y revistas ("ABC", "Informaciones", "El Independiente", "Triunfo", "Cuadernos hispanoamericanos", "La Estafeta literaria", etc.). También ha hecho guiones de radio y televisión. Ha publicado más de una docena de libros, tales como la novela "El sol tiene la anchura del pie humano" (Legasa) o el ensayo "El estupor del suicidio" (Latina). Su último libro, "Una especie de lágrima" (Adhara), es una recopilación de algunos de los cuentos que ha venido publicando a lo largo de su ejercicio. Le preocupa fundamentalmente los resortes de la filosofía y la ciencia aunados en superar las contradicciones de la condición humana y la idea de progreso, tema sobre el que trabaja actualmente.


RESUMEN
El artículo que sigue cae en la cuenta de que las manifestaciones más puras del espíritu, el arte, la literatura y la ciencia más constructiva deben su mayor estímulo y exaltación señera al descubrimiento de la dinamita, uno de los grandes azotes de la humanidad productor de la muerte a mansalva.
ABSTRACT
The article that continues falls down in the account of which the purest manifestations of the spirit, the art, the literature and the most constructive science owe his major stimulus and solitary exaltation to the discovery of the dynamite, one of the big scourges of the humanity producer of the death indiscriminately.

La vida ofrece tantos contrastes, oposiciones y efectos secretos e insospechados que nunca se puede decir que los hechos empiezan y acaban en sí mismos o merezcan una calificación rotunda y definitiva, absolutizada respecto a su origen, desarrollo y calidad de buenos o malos. Naturalmente también se da la típica excepción que confirma la regla. Entre estos hechos y sus correlaciones destaca a título de violento contraste la polaridad de Alfred Nobel como inventor de la dinamita y Henri Dunant como fundador de la Cruz Roja, ambos coordinados por los premios. Suponen el gran suceso cultural regenerativo de la dinamita, cuya acción de exterminio en guerras (sin desdeño del uso industrial progresivo) inspiró el imperativo pacifista de un organismo socorrista y reparador.

Los premios Nobel, que parecen haber existido de siempre, sólo iniciaron su andadura hace poco más de un siglo, en 1901. La ceremonia anual de los Nobel, instituidos como  se sabe para recompensar a entidades o personas que hubieran contribuido al beneficio de la humanidad, ya sea a través de la ciencia (física, química, médica), la economía (de incorporación posterior), la literatura o la paz, suscita encontradas reflexiones. Pintores y músicos están excluidos, y personajes de tan evidente influencia como Gandhi, Tolstói, Freud, Joyce, Kafka, Borges no figuran en su elenco. Por esto mismo son de relativa solvencia (le ocurre casi siempre a todos los premios y, aceptada la convención, no parece que exista mucho remedio) si tenemos en cuenta que a cambio incluye nombres, si no deleznables, hoy un tanto olvidados o de importancia simplemente menos activa, tales como Echegaray, Eucken, Heyse, Spitteler, Pear S. Buck o Benavente, por limitarnos al campo de la literatura, la más comentada, ya que en el de la ciencia tampoco todos son Darwin, Newton, Pasteur, Edison, Planck o Einstein en cuanto a significación, vigencia o utilidad, y suelen ser despachados con menos renglones

¿Conciencia de culpa?

Es bien conocido que la dotación económica de los famosos galardones proviene de los intereses devengados por la fortuna que el químico e ingeniero sueco Alfred Nobel donó a estos efectos y que fue amasada tras el descubrimiento acaso por accidente de la nitroglicerina, estabilizada, que se conoció como dinamita (la nitroglicerina «simple» cuya deflagración era incontrolable ya había sido descubierta por el médico y químico italiano Ascanio Sobrero). Asimismo Nobel descubrió la «pólvora sin humo» y la «gelatina explosiva». El hombre que logró el explosivo más poderoso de su tiempo era de naturaleza enfermiza y carácter depresivo. Inmensamente rico, no tuvo suerte con las mujeres de las que se enamoró, entre ellas Berta von Suttner, la baronesa austriaca autora posterior de la famosa obra ¡Abajo las armas! y ganadora del premio en 1905. Nobel no carecía de remordimientos e ideas nobles. Prueba de ello es el destino que le dio a parte del gran capital producido por sus fábricas de ignición devastadora. También patentó un método para la destilación continua del petróleo, otro de los elementos cuya producción y control enardece la voluntad de poder y los monstruos bélicos.

Igual que durante la guerra fría se pensaba que la posesión de la bomba atómica por parte de los dos bloques en litigio era un elemento disuasivo de su utilización, Nobel también pensó que el dominio común de la potencialidad en el uso de la nitroglicerina estabilizada serviría para eliminar la guerra a través del miedo recíproco. Muerto en 1896, soltero y sin familia en su villa de San Remo, es obvio que se equivocó. Con su descubrimiento, si bien le dio en el juego antinómico gran impulso a la construcción de túneles de ferrocarril y carretera y al socavado de explotaciones mineras, «industrializó» la capacidad agresiva  entre humanos y sus posibilidades de exterminio masivo.

Esto debió de originarle mala conciencia personal e histórica que probablemente quiso expiar o enjugar en el gesto altruista de los nueve millones de dólares cuya cesión constituyó el primer fondo de intereses para aquellas personas o corporaciones que, según dejó escrito en su testamento, «hayan confeccionado el más grande beneficio para la humanidad». Abogó por la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos y el incremento de los congresos de paz.

Alfred Nobel no pudo sospechar el destino que le esperaba a la humanidad en el siguiente siglo XX con base en la dinamita de su invención. Nada menos que dos guerras mundiales con 150 millones de muertos por violencia. Ni la bomba atómica que relegaría su pecado a segundo lugar. Y es el ejemplo más estupefaciente del llamado retroprogreso. La estupidez o fatalidad humana en el uso de algunas de sus conquistas tecnológicas más excelsas supera cualquier raciocinio. Pero en ese mundo de creatividad, tinieblas y horror también surgen espíritus signados por la piedad y el ansia de mitigar el sufrimiento.

El estatuto de la víctima pura

Cuando se entregaron los primeros Nobel en 1901 (Röentgen, rayos X; Sully-Prudhomme, poeta parnasiano de resonancia filosófica; Behring, inmunólogo; Van´t Hoff, experto en disoluciones y fermentaciones químicas), el de la Paz correspondió a Henri Dunant (compartido con F. Passy). Dunant era un negociante y filántropo suizo. Viajó a París con la idea de que Napoleón III le hiciera la concesión de unas tierras en Argelia, pero el emperador a la sazón estaba ausente en Italia luchando contra los austríacos. Allá fue Dunant. No pudo ver al emperador. Lo que vio a cambio le puso hielo en las venas. Vio las víctimas de la batalla de Solferino (1859), unos nueve mil hombres heridos, rotos, mutilados, gangrenosos, gimientes, locos de dolor, hambre, miseria. Y abandonados. Dunant volvió conmocionado a Ginebra y se puso a escribir febrilmente Recuerdo de Solferino. El libro causó tremendo impacto. «Es mil veces más hermoso que Homero», dijeron los hermanos Goncourt.

Henri Dunant había descrito la imagen de la «víctima pura», es decir, la del individuo que después de un tiro de cañón, sin brazos o ciego, deja de ser soldado, patriota, mercenario, ideólogo, amigo, enemigo, nacional, extranjero, para convertirse en víctima a secas, neutral en su indigencia, impotente y necesitado de amparo y algo de amor. He aquí el principio que llevó a Dunant a instituir en 1863 una sociedad de socorro, la Cruz Roja que, al decir de numerosos autores, funda el derecho moderno humanitario o una especie de internacionalización sin fronteras ni patrias del sufrimiento y la solidaridad. Este humanitarismo es el que premiaron con el Nobel los dineros de la dinamita en el intento paradójico de cauterizar una llaga cuya causa había contribuido a promover. Con el tiempo se ve que es irredenta. La sucesiva concesión de los Nobel de la Paz siempre despierta controversia en un mundo también siempre en guerra crónica cada vez más «perfecta».

El mal deviene en honores

Los productores de cultura, sensibilidad, ciencia y técnica no tienen culpa, naturalmente, de que sus desvelos sean premiados con los intereses de un descubrimiento tan devastador como la dinamita, pero así ocurre dentro de la naturaleza bifronte que caracteriza toda acción humana. En conexión asombrosa, unos individuos ponen bombas y otros hacen poesía. Unos se organizan como prestamistas y otros curan la sífilis y descubren las leyes de la relatividad. El empeño consiste en conseguir el desequilibrio positivo de la balanza.

Con otro de los Nobel de la Paz, cuya dotación ya se remonta económicamente al   millón y pico de dólares, concedido al también económicamente potentado y ex vicepresidente de Estados Unidos, Albert Gore, por su documental Una verdad incómoda sobre el cambio climático y el futuro apocalíptico del sistema ecológico, ocurrió algo parecido. Se premia la corrección de los desmanes imprevistos o irresponsables del progreso tecnocientífico que simultáneamente a una serie excepcional de bienes y conocimientos amenazan colapsar el planeta y ponen de relieve la necesidad de una renovada conciencia humanitaria que al menos sea capaz de contemplar las dos caras antagónicas del problema y lavar con mucho detergente moral y preventivo una de ellas. Otro problema son los errores científicos o exageraciones que se deslizaron en el documental. Algunas voces tacharan a Gore de oportunista poco idóneo e improvisado apóstol del equilibrio ecológico, ya que él mismo controlaba industrias de alta contaminación, aparte de la controversia surgida en torno al mismo «cambio climático», que por su importancia merece tratamiento aparte.

De los réditos de la muerte por deflagración surgen estas designaciones solemnes de quienes luchan y se distinguen por mitigar el drama que se deriva del espíritu innovador  causante de desastres. Así es de compleja la existencia humana. El delicado poeta lírico y el genio inventor ostentan los dorados emblemas que provienen de la maldad dinamitera y del oscuro entramado financiero, siempre por desgracia interdependientes y a veces manchados de una  sangre que luego se volatiza en la sublimación del acto cultural regio y solemne y su vuelo mediático. La metamorfosis de los productores de muerte y desastre en blasones de culto literario y científico y exaltación de la sensibilidad más constructiva y piadosa es uno de los grandes trastornos de la humanidad en el contradictorio impulso de sus actuaciones.

Premiar, por ejemplo, al hiperestésico y delicado Juan Ramón Jiménez y su dulce refinamiento bucólico representado por el Platero y yo con las saneadas ganancias de la dinamita y los campos de muerte no deja de ser una realidad asombrosa y dramática que chorrea sangre de la peor especie y sensibilidad de la más exquisita clase. El antepenúltimo Nobel de la Paz, Martti Ahtisari, ex presidente de Finlandia, obtuvo el galardón por dedicarse precisamente como negociador y fervoroso partidario del diálogo a reparar las disensiones y amenazas de guerra entre los pueblos, lo cual sigue recordando que los dineros de la dinamita son la base de la honorable ética de la paz. La puja es antinómica, gigantesca, singular. Y en la profusa obra de otro Nobel de Literatura, el francés nómada y transculturado J.M.G. Le Clézio, existe una tan terrible como confusa y apocalíptica novela titulada La guerra, cuya desesperación dinamitera le llovió después en forma de honores y miles de dólares revoloteando en un antiguo, transfigurado y catártico viento de metralla y sangre. Así son las cosas.

El otorgamiento a Barack Obama, presidente del país que posee el mayor potencial bélico de la historia y el área de intereses estratégicos más extensa, comprometida e influyente con bases y tropa en medio mundo, fue una apuesta de futuro expectante que de alguna manera  sitúa en el meollo de sus conflictivas relaciones internacionales el baluarte dinamitero de enviar hombres de «guerra justa» para la consecución de la paz (panacea que trasluce intereses económicos y de estrategia en las relaciones de dominio). La paz es la esperanza más vapuleada en la que entonces, para cerrar el círculo de los desastres, parece estar comprometido como responsable principal ese representante de la raza también más vapuleada de la historia. La famosa negritud.

El oportunismo errático y teatral de los Nobel es difícil que acierte, pero la intención y la posibilidad regenerativas están en el aire y pueden influir en el decurso de la realidad, como ya ocurrió en 1991 con la tenaz opositora birmana Suu Kyi y su encierro domiciliario de quince años en lucha contra el régimen militar de su país (hoy Myanmar) y ocurrió con el chino Liu Xiaobo, otro luchador por los derechos humanos, que recibió la gran exhortación para la paz también metido entre rejas y que sin duda crea revulsivo internacional, a la larga beneficioso por lo que tiene de denuncia y resistencia.

La catártica tarea de premiar a los hacedores de paz comenzó a principios del siglo XX, un siglo que luego terminó por mostrarse precisamente —cruel realidad— el más belicoso, sangriento e hiperdinamitero de toda la historia. Eso sí, con unos cuantos ex votos parpadeando en medio de las tinieblas. Porque, en efecto, da escalofrío y esperanza pensar que la misma composición deflagrante que usan los terroristas para matar mujeres y niños en una iglesia genera en los circuitos financieros y políticos, necesitados de algún tipo de redentorismo, la riqueza para estimular el sostenimiento y la evolución del espíritu culto, valiente, piadoso y concienciado, imagen contrapuesta generada por la ignominia.

La distinción al activismo de la concordia la compartieron tres mujeres asimismo negras y pacifistas en la turbulencia africana, defensoras de sus derechos igualitarios o de emancipación, referidos en este caso a Liberia y Yemen, y de alguna manera implicadas en el movimiento antidictatorial de la llamada «primavera árabe» que siempre huele a materias primas, insaciabilidad de las potencias posindustriales y peligro de insurgencias islamistas o militaristas, como señaló un titular de prensa respecto al ensangrentado Egipto: «Del puño de hierro del faraón a la bota militar».

La concesión a la Unión Europea del último Nobel de la Paz es el paradigma de este relato. Europa ha sido el escenario más culto y civilizado de las guerras más espantosas. La UE con todas sus contradicciones y deficiencias alejó, en parte, la posibilidad de nuevos enfrentamientos bélicos y creó elementos de cooperación y desarrollo dentro de unos compromisos que aun relativamente incidieron en el sostenimiento de la paz con base en la explosión del infierno. Mejor que la agresividad nazi de antaño, los batallones de la Wehrmacht o los desequilibrios nacionalistas es la hegemonía euroeconómica de hogaño. ¿Saldrá alguna vez la especie humana de esta odiosa contraprestación absurda atormentada por los Alfred Nobel y rescatada por los Henri Dunant del mundo en su tejemaneje obsceno de sangre y mortandad y gloria cultural y humanitaria que de todas formas, esta segunda opción, claro, hay que agradecer? Como conclusión aproximada, en la densa trama política y social de la historia debe invocarse que no sea siempre esa la verdadera signatura del progreso.

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