Insidias sobre la autoría del «Quijote»

Ha colaborado con artículos, crítica, reportajes y ensayos en los principales periódicos y revistas ("ABC", "Informaciones", "El Independiente", "Triunfo", "Cuadernos hispanoamericanos", "La Estafeta literaria", etc.). También ha hecho guiones de radio y televisión. Ha publicado más de una docena de libros, tales como la novela "El sol tiene la anchura del pie humano" (Legasa) o el ensayo "El estupor del suicidio" (Latina). Su último libro, "Una especie de lágrima" (Adhara), es una recopilación de algunos de los cuentos que ha venido publicando a lo largo de su ejercicio. Le preocupa fundamentalmente los resortes de la filosofía y la ciencia aunados en superar las contradicciones de la condición humana y la idea de progreso, tema sobre el que trabaja actualmente.


RESUMEN
En torno a las «insidias» adjuntas sobre la autoría del «Quijote» publicó Eduardo Tijeras hace algún tiempo una breve nota en la revista «Studi Ispanice» (Instituti Editoriali e Poligrafice Internazionali, Pisa-Roma). «Ahora —dice el autor— intento profundizar en el tema y sugerir varias de las posibles fuentes contemporáneas de inspiración de tan escandalosa iconoclastia literaria cervantista»
ABSTRACT
Concerning the attached "ambushes" on the authorship of the "Quijote" it published Eduardo Tijeras makes one some brief tempo notices in the magazine "Studi Ispanice" (Instituti Editoriali and Poligrafice Internazionali, Pisa - Rome). "Now - says the author - I try to penetrate into the topic and to suggest several of the possible contemporary sources of inspiration of so scandalous literary iconoclasm student of Cervantes"

Por la extensa serie de libros traducidos y publicados en España, creo que el profesor norteamericano Martin Gardner goza de buena reputación. Sus numerosos y amenos comentarios acerca de pasatiempos matemáticos —recopilaciones de artículos publicados en Scientific American  han hecho las delicias de quienes, en línea con las paradojas y el estilo Lewis Carroll, necesitan el efecto lúdico e ingenioso para tragar la seca disciplina de la ecuación y la geometría. Dotado de buen humor polémico, alto en racionalidad, Gardner es, era un excelente divulgador y personal recensionista de libros científicos especializado en la saludable tarea de amagar cuantas sandeces, credulidades y mistificaciones surgen en torno a problemas de física, psicología e investigación de efectos ocultos paranormales de la mente y que, en medio del caos informativo y publicitario, consiguen a veces pasar por verdades indiscutibles.

Gardner es un buen centinela contra la superstición y los fideísmos pseudocientíficos descarriados. Pone sobreaviso respecto a las espesas frondas del esoterismo, las invocaciones mágicas y los poderes extrasensoriales, como aquel famoso farsante Uri Geller que hizo creer a mucha gente, científicos incluidos, que a distancia y sólo con la fuerza de la voluntad podía doblar cucharillas. Se ocupa de videntes, parapsicólogos, especuladores y obsesos y asimismo le atraen los nuevos predicadores religiosos que se hacen ricos bajo los focos de la televisión. Por fin, le interesan las falsificaciones literarias. A eso vamos.

Una de estas «falsificaciones», por lo que afecta a España y a su legítimo patrioterío cultural —ya muy fragmentado—, nos llama la atención a título de mediana curiosidad excéntrica. No se crea que ponemos énfasis sentimental en el asunto, aunque a algunos se les encoja el ombligo, pero es que el tal Gardner en gran parte de casi todo lo demás que hace merece crédito y su persistencia desmitificadora resulta refrigerante y necesaria. De aquí que no se le pueda tratar estrictamente como a un imbécil.  

Dicho de sopetón, la purulenta especie afirma que Cervantes no es el autor del Quijote. Dicho así, horror. ¿Qué hacer? Calma. Abundemos en la cita. Afirma Gardner sin vacilaciones en su libro La ciencia. Lo bueno, lo malo y lo falso (traducción al español en Alianza Editorial,1988, en el artículo titulado La irrelevancia de Conan Doyle, p. 190) que Cervantes no escribió El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, sino que lo escribió su escudero Sancho Panza, según «ahora sabemos, gracias a los últimos esfuerzos de eruditos españoles» (?) (la aseveración se remonta a 1976, o sea, que es viejísima, y nosotros tan tranquilos mientras la jauría nos come los zancajos).

Tras la muerte del amo, Sancho Panza vendió sus propias memorias a Cervantes, quien con mucha picardía, al decir de Gardner, las ocultó hasta que también hubo fallecido Sancho Panza. Lo que no se explica Gardner es que esto no hubiera suscitado sospechas antes de que «saliera a relucir la verdad» (nosotros tampoco nos explicamos que Gardner no se lo explique). A Cervantes —sigue— no le interesaba don Quijote, sólo le interesaban sus propias poesías y comedias, y usó la «descuidada y relajante» obra de Sancho Panza cuando se vio acuciado por deudas. «Sancho, desde luego, era mucho mejor escritor que Cervantes» y acentuó su rusticidad para rendirle mejor homenaje al hidalgo. Miguel de Cervantes odiaba la caballería y dejó que su nombre apareciera en los «libros» de Sancho Panza porque se equivocó al considerarlos un ataque a la fe y el mito de la caballería. La sordidez de la vida de Cervantes hacía impensable que pudiera crear un personaje tan noble e idealista como don Quijote.

Shakespeare también en el saco

La misma suerte, dicho sea de paso, corre Conan Doyle con su personaje Sherlock Holmes que, naturalmente en estas aliteraciones fantasiosas, es creación del doctor Watson. ¿Y qué decir del litigio más famoso de todos, el de Shakespeare, que desde muy antiguo vienen siendo atribuidas sus obras sucesivamente a Francis Bacon, Marlowe y otros? En 1920 el historiador británico J. Thomas Looney suscribió la especie de que el genio de Shakespeare pertenecía a Edward de Vere, conde de Oxford, quien no quiso nunca figurar como autor por problemas políticos, religiosos y compromiso sentimental con la reina Isabel I. Estalla el cisma.

Freud, «envidioso»

Nada menos que Freud reconoció la impostura de Shakespeare, pero uno de los críticos más refinados del autor de Hamlet, Harold Bloom, gran apasionado, se encargó de refutar a Freud y de erigir a Shakespeare en el centro de la literatura occidental. Ni por asomo acepta el cambio de autoría y se empeñó en demostrar que Freud necesitaba para su equilibrio psíquico e íntimo convertir a Shakespeare en un embaucador atribuyendo sus obras al conde de Oxford. Cuestión de envidia pura, dice Bloom, ya que Shakespeare le arrebató en parte a Freud la gloria de la invención del psicoanálisis (El canon occidental, 1994). Tiene su retranca porque incluso el mismo Freud negaba haber sido el descubridor del inconsciente, base del análisis psíquico. Bloom igual podría haber recurrido para la referencia a Platón, Sófocles o al mismo Cervantes. Recientemente, como prueba de la pervivencia del equívoco, el director de cine Roland Emmerich ha lanzado su Anonymous. Con bella recreación del Londres siglo XVI filma en detalle el subterfugio y pinta a un William Shakespeare como simple actor buscón, pícaro y usurpador sin escrúpulos.

Bien. Hay que decirlo con sinceridad y modestia. Si Sancho es el autor del Quijote, confieso que es lo primero que leo. Ignoro quiénes son esos «eruditos españoles» y sus últimos esfuerzos. Del nutrido ejército cervantista, de Rodríguez Marín, Alonso Cortés, Astrana Marín y Menéndez Pelayo a Ortega, Unamuno, Azorín, Groussac (antecesor de Borges), Menéndez Pidal, Castro, Rosales, Rico, Alborg (excelente recopilador de bibliografía cervantista), se desprende una infinidad de interpretaciones, matices, loas, recovecos, sutilezas, juegos y exhaustividades, pero creo que nunca la patrimonialización objetiva sanchopancesca del Quijote. La «ignorancia» de los cervantófilos seguramente es un rasgo de dignidad y de resistencia a descender a lo que con toda probabilidad se entiende como un infundio grotesco que no vale la pena ni siquiera señalar y menos discutir. Tampoco los no beatos del cervantismo, que los hay y no son todos necesariamente idiotas, se asoman al tremedal de tamaña sospecha sustitutiva. A falta de mayores pruebas queda, pues (¿eventualmente?), sobreseído el caso, que se cita como chismorreo un tanto festivo que, no obstante, se deja seducir por la fuerza real de los personajes de ficción. Porque otra cosa sería una catástrofe cultural irresistible. Ahora se trata de seguir algunas pistas para esclarecer la rotundidad de Gardner o para medio desvelar el origen.

Fantasía kafkiana

Franz Kafka (otra pista malsana) tiene un texto raro y sibilino titulado La verdad sobre Sancho Panza (Meditaciones, 1918), catorce o quince renglones no más, en el que le crea una nuevo conflicto a los problemas de la creación literaria, y es el de incidir en la trasmutación caprichosa de los personajes de ficción y considera a don Quijote como una fantasía alucinada de Sancho Panza.

El excelente escritor paraguayo Augusto Roa Bastos —muerto no hace mucho en un otoño de su ingrato país y premio Cervantes, como también hay que anotar la muerte de Gardner en la primavera de 2010, con 95 años— halló en la nota de Kafka suficientes razones para plantearse una relectura de la novela cervantina al entender que está construida sobre la base de la identidad de los contrarios, además del hecho fundamental de que Kafka atribuye a Sancho la «autoría» del Quijote (revista Quimera, 78-79, 1988). Kafka especula con la posibilidad de que el hidalgo don Quijote es el nombre del demonio que obsesiona a Sancho a cuenta de su afición por los libros de caballería y de ladrones, lo cual, pensamos, no es demasiado estrambótico si se tiene en cuenta que similar fenómeno se produce realmente, sin forzar la realidad de la creación literaria, entre el propio Cervantes, el personaje de la cotidianidad novelesca Alonso Quijano y la idealización exorcista representada por el caballero andante, escenario en el que Sancho encarna el rol contrastado del sentido común y la cordura no exenta de ilusa ambición de riquezas.

La identidad de los contrarios, o la resolución del maniqueísmo no está en los personajes sino en la asunción que hace de ellos Cervantes al tratarlos como arquetipos y sumirlos en una relación dialéctica. En Cervantes, como en las películas de buenos y malos, falta todavía la modernidad de incluir caracteres opuestos y contradictorios en un mismo personaje. Probablemente haciéndose también eco irónico de tales vanas especulaciones es por lo que el escritor Paul Auster preguntó en el festival Pen World Voices de Nueva York (2005) si no cabía «la posibilidad de que el texto lo dictara el mismo Sancho», sin recordar a buen seguro que ya Miguel de Unamuno, en su Vida de don Quijote y Sancho (1905) y en vista de que la grandeza de la obra superaba otras producciones de Cervantes, especuló con la licencia literaria y soñadora de que en realidad hubiera sido el propio hidalgo don Quijote, convertido en personaje real, quien le dictara su vida y hazañas al considerado ahora como autor-componedor-amanuense, o sea al mismo inmortal «manco» de Lepanto.

Unamuno marca tendencias

La Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno tiene importancia y es en el fondo precursora de variadas travesuras lúdicas y trastornos metafísicos que pasan por originales. El famoso cuento Pierre Menard, autor del Quijote (Ficciones) en el que Borges presenta a un personaje que «no quería componer otro Quijote (…) sino el Quijote», nada de copiarlo, «su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran palabra por palabra y línea por línea con las de Miguel de Cervantes», está inspirado con jugosa ironía sabia en Unamuno, que casi llegó a escribir otra vez el Quijote y se salvó por los comentarios y su avasallante carga religiosa. En el texto de Borges Magias parciales del «Quijote» (Otras inquisiciones), que recrea una especie de estructuras bibliográficas de la ambigüedad, se dice: «Tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios». El Unamuno calderoniano exclama: «¡La vida es sueño! ¿Será acaso también sueño, Dios mío, este tu Universo de que eres la Conciencia eterna e infinita? (…) ¿Seremos sueño, sueño tuyo, nosotros los soñadores de la vida?». Y añade Unamuno más adelante:

Muchas veces tenemos a un escritor por persona real y verdadera e histórica por verle de carne y hueso, y a los sujetos que finge en sus ficciones no más sino por de pura fantasía, y sucede al revés, y es que estos sujetos lo son muy de veras y de toda realidad y se sirven de aquel otro que nos parece de carne y hueso para tomar ellos ser y figura ante los hombres (Vida de don Quijote y Sancho).

No hace falta mucho esfuerzo para reconocer en estos planteamientos de principios del siglo XX rasgos de Kafka, Borges, García Márquez, Cortázar, implicados en el «realismo mágico». Con independencia ahora de la importancia o profundidad que tenga este asunto y del buen ensayo compuesto por Roa Bastos, quizá en la breve pieza de Kafka y otros y en determinadas desastrosas interpretaciones se encuentre el origen de que el famoso divulgador de temas científicos Martin Gardner haya llegado pisando la hojarasca acumulada a la conclusión rotunda de considerar el Quijote escrito verdaderamente por Sancho Panza —de momento un personaje de ficción— y no por el poco menos que «lerdo» Miguel de Cervantes, personaje real. Y de divulgar gravemente tamaña perturbación en el mundo de habla inglesa. Es lo peor, aunque allí ya están acostumbrados y acaso sean más cosmopolitas. Kafka y Borges al menos se limitaron a una travesura y prueba de ingenio literario presididos por la metafísica unamuniana, pero Gardner es que se lanzó el hombre ciegamente al abismo. Y de todas formas, en el venerable ámbito algo asfixiante provocado por la extraordinaria vigencia de la creación quijotesca, esta nota esperpéntica y lúdica tampoco debe escandalizar a nadie. ¿Qué no se habrá pensado y escrito sobre Cervantes y el Quijote? El cataclismo patrio-literario no llega a consumarse, aunque la ambigüedad iconoclasta se mantenga como un ofidio recurrente a través de los años y las constantes conmemoraciones de los dos genios.

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