Periodismo narrativo y no ficción

Periodista, escritor y profesor. Nació en Madrid en 1963. Es Doctor y Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad ejerce como profesor de Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Como investigador, es autor de varios libros y documentales sobre actualidad política, comunicación y cultura.


RESUMEN
En los últimos años se ha producido una resurrección del periodismo narrativo o literario tal y como lo entienden estudiosos como Roberto Herrscher y Albert Chillón, autores de sendos libros sobre la materia, en torno a los cronistas y escritores que usan las armas de la literatura para contar la realidad. Estas son algunas de las claves de fondo que maneja el género para superar la clásica distinción entre ficción y no ficción.
ABSTRACT
In the last years there has taken place a resurrection of the narrative or literary journalism as it experts understand as Roberto Herrscher and Albert Chillón, authors of sendos books on the matter, concerning the chroniclers and writers who use the weapon of the literature to count the reality. These are some of the keys of bottom that handles the kind to overcome the classic distinction between fiction and not fiction.

Diversos volúmenes han resucitado en los últimos meses en España el interés por el llamado periodismo narrativo o literario. Su estudio había sido irrelevante hasta ahora y se había limitado a destacar el auge que tuvo en los años sesenta del pasado siglo bajo la etiqueta de Nuevo Periodismo. Hoy Roberto Herrscher (Periodismo narrativo) y Albert Chillón (Literatura y periodismo), entre otros, extienden y estudian el género para fijar sus ideas sobre cómo han contado la realidad con las armas de la literatura una buena colección de escritores y periodistas, destacando el carácter promiscuo que han arrastrado tradicionalmente las relaciones entre periodismo y literatura, para dar lugar a un género de interés en los tiempos que corren.

Hasta ahora los manuales universitarios han mantenido intactas las fronteras, pero la irrupción de las nuevas tecnologías y los cambios que se están produciendo en el mundo del periodismo alrededor de internet han llamado la atención sobre la necesidad de seguir contando buenas historias frente al basurero audiovisual, el sincretismo de las redes sociales y la fiebre del smartphone.

Más allá de las jerarquías y divisiones formales entre periodismo informativo, interpretativo y de opinión, el periodismo narrativo o el arte de “escribir sobre hechos ciertos usando estructuras y estrategias narrativas propias de la literatura” (Herrscher) ofrece un catálogo muy rico de autores cuya obra no se había analizado convenientemente desde la academia, que probablemente superan con su producción esas clasificaciones casi obsoletas.

Por otro lado, interesa destacar aquí la importancia que tiene para el conocimiento de la realidad la perspectiva literaria, más allá del periodismo basado en hechos y datos, meramente referencial, y en las entelequias que se montan los opinadores profesionales, simplemente basado en apariencias, sin un conocimiento profundo de la realidad que pueda perfilar lo que perciben nuestros sentidos. Tengamos en cuenta que muchas veces, ni siquiera el periodismo de investigación puede calar el sentido último de una trama, un escándalo o un episodio social sin echar mano de recursos literarios capaces de fijar la trascendencia que una historia puede tener en una comunidad.

Por ello, con Chillón diríamos que “el lenguaje no sólo nombra y designa, sino que alude y sugiere. No es sólo concepto racional sino imagen y sensación”, ya que el pensamiento es lenguaje y éste configura el universo personal. Tal es el sentido, recuerda Chillón, de la famosa proposición 5.6 del Tractatus Lógico Philosophicus de Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

El periodismo narrativo, en este sentido, trata de reflejar el universo complejo que nos rodea. Y para ello se sirve de las llamadas figuras del discurso, esto es, las formas no convencionales de utilizar las palabras, de manera que, aunque se emplean con sus acepciones habituales, se acompañan de algunas particularidades fónicas, gramaticales o semánticas, que las alejan de su uso habitual, por lo que terminan por resultar especialmente expresivas.

Tal vez no es esto lo que aconsejan los manuales de periodismo, que se empeñan en eliminar los dobleces y las connotaciones del lenguaje –recursos literarios, estilísticos, retóricos o expresivos, y figuras retóricas o del discurso—para confinar su uso a la confección de obras literarias, fábulas y relatos de ficción.

Chillón, sin embargo, identifica dicción con ficción, de modo que todo lo que se expresa con lenguaje es interpretable y por tanto forma parte de la ficción. El problema está en descubrir el grado de ficción que arrastra el lenguaje en su viaje hacia la no ficción.

Las figuras del discurso, en su acepción más amplia, son los recursos que tienen escritores y periodistas para manipular el lenguaje con fines retóricos. La Retórica, recordemos, es el “arte del bien decir, de embellecer la expresión de los conceptos, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia para deleitar, persuadir o conmover” (R.A.E.) Antiguamente se aplicaba a la oratoria, pero al entrar ésta en decadencia pasó a la literatura y actualmente se aprecia con mayor énfasis en obras de creación, pero también está presente ya en el periodismo y la publicidad. La de idea de Chillón y Herrscher es reivindicar su uso como parte esencial de los buenos textos periodísticos, que en realidad beben del saber clásico.

Sería necesario remontarse a los tiempos de Herodoto (484-425 antes de Cristo), a quien Ryszard Kapuscinski, uno de los maestros del periodismo narrativo en Europa, califica como el primer reportero en su ensayo El arte de reportear, para entender dónde hunde sus raíces el periodismo narrativo y literario de hoy.

Herodoto también es considerado el primer historiador de la humanidad, después de legar su célebre Historia como fruto de sus múltiples viajes por Grecia. Pero fue Platón (427-347 antes de Cristo) quien recogió el testigo y avanzó en el estudio de la realidad que hoy día pretendemos captar a través del periodismo.

Platón distinguía entre dos formas de conocimiento –episteme y doxa o ciencia y opinión– a la hora de capturar esa realidad, que siguen siendo el fundamento moderno del periodismo de análisis y opinión, y desde nuestro punto de vista, del periodismo narrativo que nos ocupa, por la necesidad de conjugar hechos, más aparentes que reales, aderezados con un punto de vista particular, fruto de la reflexión y el razonamiento, que son elementos también necesarios en toda narración periodística.

El concepto de opinión ha tenido diversas interpretaciones desde que Platón, en los diálogos de La República, encontrara en ella una facultad intermedia entre la ignorancia y la ciencia, capaz de “juzgar sobre la apariencia”.

Desde este punto de vista, la realidad es algo que se debe aclarar, interpretar, esclarecer o traducir, y que por lo tanto permite distintas lecturas y perspectivas. Por tanto, para contar cómo es la realidad primero hay que conocerla. La ciencia, según Platón, es por naturaleza segura y estable, al basarse en razones. Su objeto son las ideas y éstas representan el grado más alto de conocimiento o conocimiento verdadero. A veces, desde la óptica del periodista profesional, esto parece perverso, ya que en su oficio mandan los hechos y no las elucubraciones mentales.

Los libros de estilo de todos los medios de comunicación al uso y los manuales universitarios tratan de acotar la cuestión del estilo reduciéndola a la necesidad de respetar unos mecanismos estándar de objetivación de la realidad que apenas deja espacio para la narración periodística que reivindicamos aquí.

De acuerdo con Platón, esas ideas filtradas por la reflexión, son más poderosas que las meras opiniones, basadas en meras apariencias, que son inestables y susceptibles de error, y que los relatos presentados mediante el llamado “estilo periodístico” llano, sin aristas y supuestamente objetivo. Platón entiende que muchos sofistas y políticos se mueven exclusivamente en el ámbito de la opinión, cuyo objeto es el mundo físico o sensible. Así, la opinión, en la escala de los conocimientos, es el género de conocimiento inferior, que se basa en la captación del mundo sensible y que se refiere a las cosas espacio-temporales y a las entidades corporales sin más. Sería el mundo de las apariencias como alimento de politicastros y contertulios.

Hasta aquí, se deduce que Platón distingue entre conocimiento intelectual, ligado a la razón y al mundo de las ideas, y conocimiento sensible, relativo al mundo físico o de las cosas. Por lo tanto, la oposición saber/opinión se asocia a la de razón/sentidos. El periodismo narrativo presenta una fórmula más elaborada. Usa los sentidos para hacerse una opinión, una idea de las cosas, basada en la apariencia, y se somete a la razón que convierte el relato en verdadero saber o ciencia: “Doxa” vs. “Episteme”. Es decir, periodismo referencial más reflexión y los elementos propios de la literatura que acaban por catalizar la descripción de la realidad.

No en vano, como apunta Chillón, el género periodístico que nos ocupa, es “deudor de la filosofía del lenguaje, la retórica, la hermenéutica y la literatura comparada”, asuntos todos ellos tratados en su manual de referencia, donde aparecen autores tan sugestivos de antaño como Daniel Defoe, Mariano José de Larra, Charles Dickens, Thomas de Quincey, Ernest Hemingway, John Dos Passos, Josep Pla, James Agee y Lillian Ross, y más recientes como Truman Capote, John Hersey, Gay Talese, Tom Wolfe, Oriana Fallaci, Gabriel García Márquez, el propio Kapuscinski, o españoles como Eduardo Haro Tecglen, Manuel Vázquez Montalbán, Maruja Torres o Manuel Vicent. A esta lista Herrscher añade a Joseph Mitchell, Tomás Eloy Martínez y Rodolfo Walsh, de los que ambos estudiosos extraen numerosos ejemplos y anotaciones.

Desde aquí tratamos de superar tanto el periodismo meramente referencial, que quedaría para las simples notas de agencia, como el de solicitación de opinión, muchas veces reducido al ridículo por los numerosos contertulios de radio y televisión, que hablan de cualquier cosa como si fuera legítimo, mientras se toma por mera novelación la narración periodística basada en hechos reales que por emplear un estilo literario parece que pertenece al reino de la fábula.

En términos platónicos sería como viajar desde el nivel más bajo del conocimiento hasta el conocimiento verdadero que se encuentra en las ideas. Pero cómo se llega de un estadio a otro. Platón entiende que las ideas están contenidas en el alma y que el alma, al materializarse o encarnarse en el cuerpo, las olvida. Por ello, el hombre, una vez sometido al proceso de aprendizaje dialéctico, puede alcanzar las ideas que le permitirá conocer la realidad. Esto será posible mediante el ejercicio socrático del Recuerdo. El hombre. Al nacer, comienza a recordar las ideas preexistentes que olvidó. A este proceso de recuerdo o reconocimiento se le conoce como reminiscencia (“anámnesis”).

Este proceso se inicia en el mero contacto con los objetos físicos. Unos objetos físicos que, para Platón, son como las imágenes o sombras de las ideas que representan la auténtica realidad. La experiencia, la ciencia y la razón educan nuestra capacidad innata de Recuerdo, “y si las cultivamos, la visión tornará a nosotros con más fuerza y más nitidez”.

El proceso se entiende a partir del mito de la caverna que Platón esboza en La República (VI, 514 a-d) y que sitúa a un grupo de hombres en una gran cueva encadenados desde su niñez a la pared:

Los hombres sólo tienen la posibilidad de mirar hacia delante, “pues las ligaduras les impide volver la cabeza”. Detrás tienen la luz de un fuego que arde a lo lejos. Entre el fuego y los hombres encadenados hay una multitud que transporta cosas a través de un camino elevado. La luz del fuego hace que las sombras de esa multitud y los objetos se proyecten en la pared de la cueva, que es el único mundo que los hombres encadenados pueden ver. Para ellos es la única realidad. Sólo pueden ver las sombras deformadas de la multitud y los objetos que transportan y sólo escuchan rumores. Son los rumores y las sombras que constituyen su mundo real.

Sólo queda un asunto peliagudo por resolver: “la larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna”. Una entrada que los encadenados podrían ver si se liberasen de las cadenas. El problema es que una vez liberados de sus ataduras tendrían que recorrer un largo camino para salir y ver la luz del sol.

Así las cosas, Platón cuenta que uno de los encadenados logra salir y ver con sus ojos las cosas reales que proyectan las sombras. Pero cuando este hombre regresa a la caverna y cuenta a sus compañeros lo que ha visto, nadie le cree y le matan.

Platón entiende que el mundo real es el de las ideas y que el hombre puede iniciar el camino hacia su conocimiento profundo mediante la confección de opiniones, que además se pueden dividir en dos especies o tipos de conocimiento:

Uno: La conjetura, que es el conocimiento que tenemos de las cosas cuando vemos sus sombras o reflejos. Y dos: La creencia, que es el conocimiento que tenemos de las cosas cuando las percibimos directamente y nos formamos un juicio de ellas.

La opinión, según Platón, tiene un carácter probable frente a la segura certidumbre que genera el conocimiento auténtico. Y esta idea es la que ha hecho posible ampliar el concepto de opinión hasta lo que hoy tenemos, es decir, como algo distinto del saber y distinto también de la duda, ya que en la opinión no hay propiamente un saber, ni tampoco una ignorancia, ni siquiera una creencia, sino un modo particular de aserción. Un tipo de aserción que estará más cercana del saber cuanto más probables sean las razones en las cuales se apoye y más racionales los argumentos que pueda utilizar.

El problema de la verdad

A partir de aquí surge el problema de la verdad como trasfondo de la actividad periodística y del periodismo narrativo como modo elaborado de capturar la realidad. Y es que la verdad, desde Platón, es un concepto que se presta a confusión. Hemos visto sombras que aparentan realidad, argumentos verosímiles que pueden ser falsos, argumentos manipulados que se presentan como verdaderos tras un ejercicio de persuasión que acaba por convencer a la audiencia sin tener nada que ver con la verdad.

El problema se traslada hoy a la filosofía de la ciencia. ¿Qué es la verdad? En muchas ocasiones nos encontramos con que se da una cadena de argumentaciones lógicas que finalmente no es demostrable y que sobre ese conjunto de presupuestos se levanta todo un edificio de conocimientos inútil, ya que la primera cuestión no está resuelta sin tener que echar mano de la lógica argumental.

El profesor Jorge Lozano rescata una reflexión de Simmel en La filosofía del Dinero para explicar esta paradoja: “se quiere reflexionar a menudo sobre el número inmenso de presupuestos del que depende todo el conocimiento definido en cuanto a su contenido, pero no parece en absoluto excluido que probemos una proposición A por la proposición B, pero que la proposición B, a través de la verdad de C, D, E, etc. no sea finalmente demostrable sino por la verdad de la proposición A. Basta admitir una cadena de argumentación -C, D, E, etc.- suficientemente larga, de suerte que el regreso al punto de partida escapa a la conciencia, del mismo modo que la dimensión de la Tierra oculta a la vista inmediata su forma esférica y crea la ilusión que se puede progresar al infinito en línea recta”.

Esto ha ocurrido en innumerables ocasiones en torno a las verdades científicas que se han sucedido a lo largo de la historia. Determinados conocimientos se han dado por válidos hasta que nuevas teorías han irrumpido en el panorama estableciendo nuevas verdades científicas.

Este tipo de conocimientos es difícil que se consoliden por la vía de la experimentación, pero se tienen por verdades científicas mientras no se demuestre lo contrario. Ocurre así con los límites del universo. ¿Hay un solo universo? ¿Hay varios universos? ¿Todo surgió de una burbuja de materia colapsada? Pero entonces, ¿de dónde salió la burbuja misma? ¿Hay algo fuera del universo o el universo es un todo único que todo lo contiene?

Muchos científicos han ido dando respuesta a estos enigmas y a lo largo del tiempo se han dado por buenas distintas verdades hasta llegar hoy al “convencimiento” de que la teoría del bing bang puede explicar con mayor “verosimilitud” cómo fue el comienzo del universo. ¿Pero existe una prueba experimental para considerar esta afirmación como una verdad inmutable? No. De hecho en la actualidad han surgido voces discrepantes que cuestionan esa verdad aparentemente científica.

“Una argumentación –explica Lozano recordando a Boudon– puede ser circular y parecernos lineal por la presencia oculta de proposiciones que no solamente están presentes en nuestros razonamientos, sino que son decisivos en la formación de nuestras convicciones sin que seamos conscientes de ellos (Boudon).

Desde este punto de vista, parece que predomina lo aceptable, lo verosímil y no la verdad probada. Lozano llama la atención sobre el hecho de que podemos llamar real “a aquello de lo que todos estamos convencidos”, o a aquello que una comunidad de investigadores acaba conviniendo que es real sin serlo.

La verdad, vista así, estaría relacionada con la búsqueda del consenso que tanto critica Chomsky. Las técnicas de persuasión pueden lograr grandes consensos sin que los argumentos utilizados busquen la verdad.

En La estructura de las revoluciones científicas Kuhn sostiene que “en la elección de los paradigmas no hay ningún criterio superior al consenso de la población integrada”. Y añade: “para descubrir en qué modo se producen las revoluciones científicas, debemos (…) examinar no sólo la correspondencia con la naturaleza y con la lógica, sino también las técnicas de persuasión que tienen eficacia dentro de los grupos (…) que constituyen la comunidad científica”.

Estas convicciones científicas dan lugar a creencias revolucionarias desde el punto de vista científico pero sin base demostrable. La imposibilidad de demostrar determinadas creencias de esta clase permiten que las teorías sobrevivan durante un largo periodo de tiempo, aunque sus conclusiones no sean reales. El hecho de no poder someter una teoría a una prueba experimental determina proporciona una coartada a los argumentos que la sostienen.

Sigamos a Lozano en esta cuestión:

“Acaso el modelo retórico de Pera sea la respuesta a ese nuevo género de estudio que requería Kuhn. En una fase de reflexividad de los discursos científicos la atención a la Retórica como “organización funcional de los discursos” se está haciendo cada vez más evidente. Sirva de ejemplo lo que escribe G. Cantor (The Rhetoric of experiment, 1989):

“Es necesario poner el acento sobre el hecho que el resumen de un experimento que se publica por ejemplo en una revista científica es un producto altamente artificial que no sólo no refiere de modo no problemático el trabajo desarrollado en el laboratorio, sino que es una forma de narración y se presta por tanto a los mismos tipos de análisis a los que se someten otros géneros literarios (…) las narraciones científicas en general y los resúmenes de los experimentos en particular son retóricos en el sentido común del término, dado que tienen como objetivo el de persuadir o influenciar”.

De estos y otros trabajos se puede colegir también lo erróneo de contraponer el pensamiento retórico al pensamiento científico como si el retórico fuera específicamente artístico. La Retórica, sostiene Lotman, es propia de la conciencia científica en la misma medida que de la artística. En el dominio de la conciencia científica se pueden distinguir dos esferas (Lotman “Retórica”): La primera -la retórica- es el dominio de los acercamientos, las analogías y la modelización (proposición de nuevas ideas, establecimiento de postulados, de hipótesis inesperadas, que antes parecerían absurdas).

La segunda es la esfera lógica, en donde las ideas propuestas se someten a contraposición, se trabajan las conclusiones que se derivan de ellas, se eliminan las contradicciones internas en las demostraciones y razonamientos…”

En este sentido, John Maddox, director de la revista Nature durante 21 años, llama la atención sobre la forma en que los científicos actuales estudian la materia. Primero, elaboran una hipótesis verosímil sobre el tipo de partículas que deberían existir y aún no se han encontrado en la naturaleza. Después, construyen los aparatos necesarios y esperan a que la partícula que tiene que existir por necesidad lógica, aparezca ante los ojos del científico en el interior de un acelerador de partículas o cualquier otro instrumento. Esto es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con el bosson de Higgs, la llamada partícula de Dios, pensada por Peter Kiggs en 1964 para explicar el origen de la masa de las partículas elementales, cuya existencia se corroboró el 4 de julio de 2012 durante las investigaciones que lleva a cabo el CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear). De este modo, la verdad surge a partir de una hipótesis cuya realidad se va documentando mediante pruebas experimentales, para que las partes encajen en un todo teórico que “debe” conducir a la verdad, aunque finalmente ni los científicos ni nadie tengan constancia de que su teoría es la verdadera.

La dificultad del planteamiento tiene su origen en la primera proposición: ¿De dónde surgió la partícula o el filamento más diminuto que se pueda encontrar? Esta pregunta no tiene respuesta pero a partir de aquí se ha elaborado todo un edificio argumental que puede ser verosímil o convincente, pero que hoy por hoy no es real.

El problema de la verdad afecta, inevitablemente, a la naturaleza de las argumentaciones, lo cual está en la base de la retórica misma, entendida como técnica del debate, de la persuasión y de la confutación.

Como consecuencia de todo lo anterior tenemos que la verdad es relativa e interpretable, y que la propuesta de Chillón y Herrscher de encumbrar el periodismo literario “permitiría superar dicotomías obsoletas y oscurecedoras, como la burda pero consoladora distinción clásica entre las categorías de ficción y no ficción, o la todavía más burda entre ficción y realidad, apoyada en una incomprensible pero extendida confusión entre el plano epistemológico –la ficción—y el plano ontológico –la realidad” (Chillón).

La idea es que “no nos es dado hablar de “la realidad” más que a través de sus representaciones y expresiones” y que “la cuestión verdaderamente crucial estriba, más bien, en dilucidar el carácter de las diversas modalidades de representación y expresión, no en contraponerlas abruptamente a una supuesta “realidad”, que, de hecho, no podemos conocer más que a través de ellas”.

BIBLIOGRAFÍA

Albert Chillón. Literatura y periodismo: una tradición de relaciones promiscuas. Universitat Autònoma de Barcelona; Universitat Jaume I; Universitat de València, 1999.

Roberto Herrscher. Periodismo narrativo. Universidad de Barcelona, 2012.

Ryszard Kapuscinski. El arte de reportear. En http://www.eluniversal.com.mx/cultura/51281.html

Thomas S. Kuhm. La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica. 1971.

John Maddox. Todo lo queda por descubrir. Debate, 1999.

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