Una universidad con el rumbo torcido

Juan Luis Pulido Begines, Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Cádiz, es autor de diversas publicaciones sobre derecho marítimo y del ensayo "La transición incompleta" (Marcial Pons, 2012), en el que analiza los asuntos que los españoles tenemos pendientes como sociedad democrática, vistos como un catálogo de los errores cometidos en la gestación y desarrollo de nuestro modelo constitucional vigente, bajo el presupuesto de que lo vivido en la transición es un legado de libertad política sin precedentes en la historia de España y desde el convencimiento de que el deber ciudadano consiste en mejorar y aumentar ese patrimonio común y no destruirlo.


RESUMEN
La universidad debe cumplir su función social. Su cometido es formar de la mejor manera posible a la élite cultural y profesional del país. Sin embargo, son varias las razones que hacen que ese papel no se cumpla adecuadamente. El peor de todos los males que acucian a la universidad española quizás sea el disparate burocrático que lastra su visión, su acción y hasta su misión como parte de la sociedad. Otro factor de mejora es el tratamiento adecuado del doble perfil científico y docente del profesor universitario. Pero, sobre todo, es preciso abandonar el “igualitarismo compasivo”.
ABSTRACT
The university must fulfill its social function. Its mission is to train in the best possible way the professional and cultural elite of the country. However, there are several reasons why this role is not performed properly. The worst of all evils besetting the Spanish university is perhaps the “bureaucratic nonsense” that hampers its mission as part of the society. Another factor is the wrong treatment of the doubled scientific and educational profile of the university professor. But above all, we must abandon the "compassionate egalitarianism".

 El cometido de la universidad es formar de la mejor manera posible a la élite cultural y profesional del país. Sin embargo, son varias las razones que hacen que ese papel no se cumpla adecuadamente. El peor de todos los males que acucian a la universidad española quizás sea el disparate burocrático que lastra su visión, su acción y hasta su misión como parte de la sociedad. Hay muchos factores de mejora posibles. Uno de ellos es el tratamiento adecuado del doble perfil científico y docente del profesor universitario. Pero, sobre todo, es preciso abandonar el “igualitarismo compasivo”.

1.- Igualitarismo en la universidad

            La inadecuada comprensión del derecho constitucional a la igualdad repercute inicuamente sobre el conjunto de nuestro sistema educativo, pero es en la universidad donde causa los mayores estragos, o acaso mi cercanía profesional con este daño social me hace más sentidamente consciente de su ignominia.

Nadie se escandaliza por el hecho lógico y natural de que en la liga de fútbol profesional opere la más feroz de la meritocracias: se da por supuesto que para ser competitivos, los clubes de fútbol deben seleccionar y preparar a los mejores. Sin embargo, este mismo proceso selectivo resulta a algunos intolerablemente elitista cuando se trata de formar a las personas que van a tener en sus manos la salud de los demás, las carreteras, las centrales nucleares o la construcción de edificios.

Quienes rechazan la ambición elitista de la universidad van contra su propio fundamento. La universidad es elitista por naturaleza, porque su función principal es formar a la vanguardia intelectual de la sociedad, es decir, a los más capaces de cada generación, para que puedan asumir las tareas más complejas y de mayor responsabilidad[1]. Es sencillo de entender que todos estamos abocados al fracaso si, como comunidad, no ponemos los medios para que las funciones más complicadas las realicen las personas con más talento. ¿Se ajusta nuestro actual sistema educativo a esta realidad y a las necesidades elementales que ella genera? No desde luego cuando este sistema impone, desde la base hasta la enseñanza superior, una igualación por abajo que obliga a los alumnos sobresalientes a adaptarse al ritmo y al horizonte de los menos dotados. ¿Cómo puede exigírsenos ser competitivos en un mundo globalizado si no estamos formando personas altamente cualificadas? ¿Acaso cabe un progreso estable y real relegando el esfuerzo y el merecimiento individual?

No cabe duda de que el poder público debe garantizar que nadie se quede fuera de la educación superior por falta de dinero. Un logro considerable de los años setenta y ochenta en España fue abrir a todas las capas de la sociedad lo que era hasta entonces una institución reservada a los pudientes. Se logró con ello que amplios sectores de la población accedieran, como nunca antes en nuestro país, a puestos directivos. Pero este ascenso, no se olvide, se basaba en la meritocracia; el solo hecho de acudir a la universidad en absoluto garantizaba la promoción social del alumno sin que éste demostrara antes su aptitud personal, aprobando todas las asignaturas (con enorme esfuerzo en muchas carreras).

Hoy, por el contrario, es obligado reconocer que no todos los títulos acreditan la valía profesional pretendida. La manifiesta devaluación de algunos títulos es particularmente dramática en un mundo en el que la demanda de trabajos no cualificados o semi-cualificados disminuye progresivamente, debido a los adelantos tecnológicos y a la globalización. Como dice Tony Judt, “la única forma en que el mundo desarrollado puede responder de forma competitiva es mediante la explotación de su ventaja comparativa en las industrias avanzadas intensivas en capital, donde el conocimiento resulta decisivo”[2].

Soy consciente de que decir esto lo convierte a uno automáticamente en un peligroso reaccionario, en un insolidario conservador, pero es alentador que existan voces libres, inmunes a las presiones de las modas ideológicas, que comparten la inquietud por la situación actual de la universidad. Lean por ejemplo a Jordi Llovet en su reciente obra “Adiós a la universidad”, o a Bermejo Barrera, Ruíz Paz, Cesar Antonio Molina[3] o Vargas Llosa[4]. Según el primero de ellos, el diagnóstico es claro y preocupante: “Es consecuencia de este estado de cosas el que, en estos momentos, la transmisión del saber entre profesores y alumnos, también entre profesores y discípulos, haya perdido casi toda la eficacia que había tenido desde tiempos inmemoriales en el seno de la universidad

Desenmascaremos desde su raíz el “buenismo” compasivo que mina nuestra enseñanza. Negar las diferencias de capacidad es mera jerga, es hipocresía[5], igual que es pura propaganda fraudulenta utilizar la bandera de la democracia para defender un acceso indiscriminado al último tramo del saber académico[6]. Dejemos de confundir igualdad de oportunidades con igualdad de resultados. En muchos campos de la existencia humana resulta repulsiva la distinción meritocrática y cualquier forma de aristocracia -etimológicamente “gobierno de los mejores”-. Sin embargo, cuando hablamos de formación, en el seno de una sociedad democrática que garantiza el acceso a la enseñanza sin discriminación, no veo qué tiene de malo establecer mecanismos que distingan y fomenten el mérito académico[7].

Nuestros jóvenes observan en su etapa formativa que el esfuerzo y el estudio no es siempre recompensado ni reconocido socialmente. En el campo de los ingresos, vale más ser futbolista, guapo a dieta permanente o cotilla profesional que neurocirujano. Y respecto al ámbito del poder político, ya hemos comentado en otra parte que a él se llega por medio de criterios selectivos que manejan los partidos, bastante oscuros y antisociales. Nuestro imperfecto sistema democrático no está seleccionando ahora a los más capaces, sino a los más hábiles navegando en las procelosas aguas interiores de los partidos, donde más vale una puñalada a tiempo al “querido compañero”, que tres carreras y dos oposiciones. ¿Es ése el mensaje que queremos que reciban los jóvenes estudiantes a la hora de plantearse sus opciones de futuro?

El surgimiento de nuestro sistema político, esa democracia representativa que nos ha dado a lo largo de nuestra historia las mayores cotas de bienestar y libertad, estuvo basado en una “mesocracia meritocrática”[8]. Para nuestros tatarabuelos empezó a ser intolerable que existieran derechos adquiridos por nacimiento, ajenos a cualquier mérito o capacidad de la persona, y fue esa convicción moral la que alentó los sacrificios humanos que consiguieron sustituir el feudalismo y la aristocracia de cuna por otras formas de promoción social más democráticas y al alcance de todos. Hoy, sin embargo, parece que olvidamos que esta fórmula funciona sólo si efectivamente se premia el mérito y el esfuerzo.

La universidad debe cumplir su papel. Su cometido es formar a la élite cultural y profesional del país, sin pudor ni complejos, porque para eso está. Ello no es ni antidemocrático ni antisocial[9], siempre que se garantice que nadie se queda fuera de las aulas por falta de medios económicos y siempre que la alternativa para los estudiantes que no alcanzan el nivel superior tenga la calidad que igualmente merecen. Esta condición nos conduce al controvertido asunto del papel de la FP en España. Nadie ha dado con la fórmula para dignificar y promover esos estudios, debido a la estigmatización que sufre esta formación por un resabio antiguo y arraigado entre los españoles, que desdeña todo lo que huele a “trabajo manual”.

Pero, retomando el problema en el ámbito superior de la enseñanza, tal vez habría que empezar por reconocer que la última reforma de nuestra educación superior, el “Plan Bolonia”, va justo en dirección contraria a la solución. Primero, porque hoy pueden quedarse fuera de los estudios superiores alumnos que, pese a su talento, no tienen capacidad para costearse un master. Y, segundo, porque premia con todo tipo de facilidades a los estudiantes que no superan los objetivos que sería razonablemente exigir, en detrimento de aquellos otros más brillantes o tenaces (haciendo además casi imposible, por ejemplo, estudiar y trabajar a la vez).  La perversión del vigente sistema radica en que da las mismas oportunidades a los que se esfuerzan que a los que no hacen nada, en lugar de ayudar a los que realmente trabajan[10]. Como recientemente ha señalado García de Cortázar, ante una crisis de tan colosales dimensiones como la nuestra, quizás sea el momento para considerar una intervención enérgica: “Será este el mejor momento para considerar si ya es hora de reemplazar un pacto desdichado entre quienes optaron por la ley del mínimo esfuerzo y quisieron convertirla en norma para todos los miembros de la comunidad educativa. Será el momento de preguntarnos por qué se ha colado la idea de que es más democrática una formación que no atiende a la diversidad de las capacidades individuales y por qué se ha defendido un modelo de enseñanza en el que requerir un esfuerzo se considera una agresión, y solicitar respeto, un atentado. Será el momento de pedir a la Administración que aclare qué entiende por excelencia del profesorado, por valoración de su trabajo y por dignificación de su esfuerzo, a no ser que prefiera seguir desalentando a los más capaces para satisfacer la rutina de los más acomodados. Medidas que no llegarán sin resistencia, pero cuya ejecución se refiere a un paciente en estado grave, cuyo organismo ya no tolera paños calientes”[11].

 

2.- Delirio burocrático

Visto desde dentro, el peor de todos los males que acucian a la universidad española quizás sea el disparate burocrático que lastra su visión,  su acción y hasta su misión como parte de la sociedad. A ello se refería recientemente Adela Cortina, reputada catedrática de filosofía moral de la Universidad de Valencia, en una entrevista publicada en la revista Unelibros[12]; a la pregunta de si está la universidad española preparada para hacer frente a los nuevos retos, respondía: “La universidad española necesita una profunda reforma para ponerse a la altura de lo que la sociedad necesita de ella. Claro que hay en ella gentes y grupos valiosos, pero no les ayuda a serlo esa estructura burocrática, hecha de un reglamentismo absurdo que no mejora la calidad…

            Los sucesivos órganos rectores de la Universidad española han sido cautivados en los últimos años por cantos de sirenas que hablan de calidad y competitividad, al son de las melodías políticas del momento. En poco tiempo, la enseñanza superior y la investigación se han resignado a condicionar su quehacer al ritmo paquidérmico que imponen burócratas que a estas alturas aún creen que más papeleo es sinónimo de eficiencia.

            Es el delirio del mensurador loco para el que todo es medible, no importa si la medida vale para algo o no. Este proceso en el que la burocracia se justifica a sí misma, genera conforme se implanta nuevas necesidades absurdas, o de finalidad desconocida, siguiendo implacablemente la máxima “un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio[13]. Con buen tino, los alemanes –que andan de vuelta de esta calamidad que también padecieron- lo denominan “Paperkrieg”, guerra de papel. Y no crean que exageran los tudescos, porque con la excusa burocrática, es una agresión en toda regla lo que sufrimos los que tratamos de dedicarnos a la enseñanza superior y a la investigación. Cuánto tiempo, energía y recursos perdidos en perjuicio de una y otra gracias al burocratismo de despacho.

La moderna universidad española está sujeta a un poder etéreo. Es un poder que la domina a través del anonimato de oficinas que se alimentan a sí mismas con nuevos e incesantes mecanismos rutinarios de control; éstos, además, cambian constantemente y se suceden como experimentos huecos, mal pensados, inmaduros. El resultado de todo ello es una considerable pérdida de tiempo tributado a causas de resultado ignoto, pues muchos de estos obsesivos procesos burocráticos desembocan en nada, mientras la información obtenida se archiva en los oscuros recovecos de la más penosa inutilidad. ¿Es razonable que para organizar y evaluar la actividad académica se emplee a veces más tiempo que para ejecutar la propia actividad? Rotundamente no. Se ha hecho del control de la gestión de la actividad académica e investigadora no sólo un fin en sí mismo[14], sino un fin superior a todo lo demás. No puede sorprender así que cada vez sea mayor la proporción de profesores universitarios que deben ocupar cargos de gestión, en detrimento de su producción científica.

El culmen de la espiral burocrática en la gestión de las universidades ha venido de la mano del Sistema de Bolonia, un cajón de sastre usado no pocas veces para justificar muchos de los excesos que desvían a la enseñanza y a la investigación de su sustancia. En el nuevo marco de la planificación docente, se convocan reuniones y más reuniones, que a su vez promueven comisiones, de las que surgen subcomisiones y demás fórmulas de escapismo del trabajo que realmente hay que hacer: enseñar, estudiar, investigar. Entretanto, la exigencia a los profesores se centra en menudencias elevadas a la categoría de objetivos obligados, expresados en un lenguaje pseudo-pedagógico vacío de contenido, como programar los cursos con muchos meses de adelanto y descendiendo al detalle de días y horas, sin atender al hecho evidente de que la realidad es cambiante y que en muchas disciplinas ese grado de anticipación es imposible. Parece que el logro de la planificación pedagógica universitaria haya sido importar los métodos de la enseñanza primaria o, peor aún, imitar el estilo de los planes quinquenales de la Unión Soviética. El camino tomado es justo el contrario del que conduce a una enseñanza comparativamente superior, tropieza abiertamente con la libertad de cátedra y quebranta el clima que debe darse en los centros universitarios para que la libertad de pensamiento fructifique[15].

      Ante este deterioro, demasiados profesores universitarios se muestran dispuestos a seguir toda clase de normas, sumisa y acríticamente. La tolerancia mal entendida y la inacción han sido verdaderamente autodestructivas[16]. Con su ironía característica, el profesor Bermejo Barrera describe así la situación: “Los nuevos gestores y evaluadores consiguen hacer de la confusión virtud y parecen aplicar –seguramente sin saberlo- una estrategia militar básica, que se asienta en tres puntos: confundir al enemigo, desorientarlo y al final sorprenderlo, en este caso con una nueva normativa, una nueva convocatoria, o un nuevo formato digital, que a ser posible lleve consigo la descarga de algún nuevo software caracterizado por su natural tendencia a colgarse, seguramente porque fue diseñado de la forma más compleja posible (normal en una sociedad cortesana)”[17]. Se diría que, en uno de esos movimientos pendulares tan españoles, hemos pasado de un sistema en el que el profesor universitario podía ejercer su oficio en la más absoluta arbitrariedad[18], a otro en el que se pretende reglar cada uno de sus movimientos, de manera poco o nada acorde con el derecho constitucional a la libertad de cátedra.

¿Cómo hemos llegado a este sistema? Posiblemente la respuesta apunta a la colonización que en los últimos años ha sufrido la enseñanza universitaria por parte de “pedagogos” bien avenidos con el poder, que no cesan en su empeño por convertir las Facultades y Escuelas Superiores españolas en Institutos de FP. Pero no poca culpa corresponde también a sucesivas generaciones de gestores universitarios que parecen llevar a gala una completa falta de pasión intelectual, según la adecuada denominación empleada por Jordi Llovet[19]. A ellos debemos que hoy los campus universitarios sean unos de los ecosistemas laborales más nocivos, dominados por la manipulación cortijera, las malas pulgas, el rencor, la envidia y el deshonor, hasta el punto de que, según palabras del mismo autor: “las reuniones de los departamentos universitarios son lo que más se parece al campo de Agramante o a un trueque o un regateo de bagatelas en un bazar  oriental, y así casi todo: rara vez se encuentran en el mundo «civil» extrauniversitario formas de vida y actitudes tan cargadas de bajeza y ruindad. Mientras tanto, la universidad se degrada, los buenos proyectos no llegan a buen fin y todo entra en un estado de morbosidad indefinible, sin paliativos, ni solución, ni cura[20].

En definitiva, este estulto proceso de burocratización es completamente contrario al ideal universitario: contrario a su ingenio crítico, a su proyecto de saber y a su anhelo de avance. Su aceptación pasiva y sumisa por parte de muy buena parte del profesorado universitario ha producido, como resultado, que hoy día muy pocos académicos puedan ser considerados verdaderos intelectuales, en el sentido clásico de la palabra. Porque es sencillamente imposible, como señala Adela Cortina, ser, a la vez, intelectual, docente y gestor universitario. Sin embargo, eso es lo que se pretende que hoy sean los profesores universitarios. Y si muchos de ellos aceptan mansamente, año tras año, en progresión creciente, desempeñar tareas y cargos inútiles, es porque, en buena medida, es mucho más fácil ser un burócrata que un pensador, y más descansado, y menos comprometido. Así que a rellenar encuestas y formularios, en vez de entregarse a la duda constante del investigador, o a la disciplina analítica y creativa que requiere parir libros o artículos científicos. Sánchez Ferlosio piensa que no podemos ser optimistas: “La burocratización de la enseñanza, en alguna medida inevitable si se trata de tener una enseñanza oficial, reglamentada, unificada y “homologadamente válida” –aunque no en el sentido de validez cognoscitiva, sino de mera validez jurídica, no ha podido por lo menos de producir grandes destrozos en los contenidos[21]. Yo no sé hasta qué punto podemos parar esta deriva, pero acaso este discruso mío sea la prueba de que aún confío en su posibilidad

3.- La ciencia en la universidad

Vivimos una época que se ha dado en llamar de ciencia postacadémica, debido al hecho de que en una parte muy significativa del mundo la mayoría de la actividad científica se lleva a cabo en el ámbito de la empresa privada.

            Sin embargo, no es así en España. En nuestro país se da la circunstancia de que la mayor parte de la investigación científica se desarrolla en la que tradicionalmente fue su hogar fundamental: la universidad. Mientras en los EE.UU. ocho de cada diez científicos trabajan en empresas, la media europea es de cinco de cada diez, y en España la cifra baja a tres de cada diez[22]. De ahí la importancia de que nos preguntemos si la universidad española constituye actualmente un marco adecuado para el desarrollo de la tarea científica.

       Tanto la Ley de la Ciencia. la Tecnología y la Innovación como la recientemente aprobada Reforma educativa contienen algunas medidas esperanzadoras que van, a mi juicio, en buena dirección. Pero no tratan suficientemente un factor crucial para el desarrollo de la ciencia en España: me refiero, en particular, al doble perfil científico y docente del profesor universitario.        

Unamuno señala como mal de la Universidad de su época la falta de investigación y el hecho de que algunos profesores (haraganes y cobardes intrigantes, decía), se limitaran a impartir sus clases, empleando la cátedra como trampolín hacia puestos más lucrativos o socialmente más apetecibles[23]. Afortunadamente, la innegable evolución de la Universidad y de la sociedad, a la que aquélla debe servir, han ampliado nuestro horizonte, y hoy la legislación establece sin concesiones al pasado la necesidad de que la figura del profesor universitario aúne tareas –y aptitudes- docentes e investigadoras

La Universidad española, tras la maduración que representa la naturaleza híbrida de la función magistral, ha dado un salto cualitativo notable en los últimos treinta años, impulsada sobre todo gracias a la promoción de la investigación de calidad. Se han multiplicado las tesis, publicaciones, patentes, etc., algunas de excepcional mérito. Cuando al comienzo de mi carrera salía al extranjero, notaba la poca atención que nos prestaban a los españoles en los Institutos Científicos, pero soy testigo de cómo esa percepción ha ido cambiado con el pasar de los años, trocándose en respeto y, en algunos casos, hasta en admiración. En algunos campos punteros, la ciencia española comienza a ser tenida en cuenta fuera de nuestras fronteras y todos podemos participar de este orgullo. Pero este sentimiento grato que produce el avance no puede vivirse pasivamente; todo lo contrario, la ciencia y la investigación requieren su constante fomento en la Universidad, que es su medio natural. Y es quizás en la actividad de fomento donde conviene señalar algunas disfunciones que merecen un replanteamiento.

En la práctica, las recientes reformas de nuestros planes de estudio y de la normativa universitaria en general parecen relegar el componente científico del profesor, primando desproporcionadamente la tarea docente, al amparo del proceso de Bolonia y en un marco de restricciones presupuestarias. Ello, unido al incremento de las tareas puramente burocráticas, supone que la casi totalidad de la dedicación horaria del profesor ha de emplearse en tareas no científicas, hasta el punto de que quien pretende mantener el esfuerzo investigador ha de sacrificar, cada vez más, su tiempo personal y familiar.

Como media, un profesor español dedica a la docencia en el aula o laboratorio una media de siete u ocho horas a la semana, con clases que requieren a su vez una preparación y actualización constante. Sumemos a las horas de preparación e impartición las de tutoría, las reuniones del Departamento o la Facultad y, sobre todo, la increíble cantidad de tiempo que ha de emplearse en farragosos trámites burocráticos que se retroalimentan inútilmente ¿Cuándo se investiga? Margarita Salas lo ha expresado recientemente con claridad meridiana: “los que hacen investigación son héroes porque prácticamente no tienen tiempo. Eso hace que muchos tiren la toalla. Llega un momento en el que no pueden más[24]. Debe tenerse en cuenta que el investigador lo es a tiempo completo, pues debe estar casi siempre regurgitando sus pensamientos si pretende conseguir una obra original[25], por lo que el grado de dedicación que requiere la profesión académica es mucho mayor que en otro tipo de trabajos.

            Llegados a este punto, hemos de seguir preguntándonos en qué se diferencia una Universidad sin investigación de un Instituto de Enseñanza Media. En su momento, Ortega clamaba: “La Universidad española se distingue del Instituto en que los libros de texto tienen cien páginas más… Por lo demás, tan Instituto y tan escuela es lo uno como lo otro”. Ciento cuatro años más tarde, parece que su voz conserva parte de actualidad, en la medida en que aquella pregunta no termina de responderse con suficiente limpieza.

El profesor universitario debe investigar porque es su obligación como miembro de una institución que, sin vanguardia en el conocimiento, pierde su razón de ser y, además,  porque ha de estar en posición de transmitir a los alumnos y discípulos una perspectiva crítica de los hechos y un espíritu científico que desaparece si le falta la tensión constante con la realidad y la atención a las nuevas aportaciones, sea cual sea el lugar del mundo donde se produzcan. Sin el propósito del descubrimiento o del avance intelectual se corre el riesgo, consumado muchas veces en la práctica, de transmitir a los alumnos contenidos pobres o estáticos y de convertir, en definitiva, a la Universidad en un trasunto de Enseñanza Media o, en el mejor de los casos, en una mera maquinaria de producción de títulos con valor más nominal que real.

            El fomento de la investigación ha de premiar la excelencia científica, que no es sólo una compensación económica, sino un “aliento” en todos los sentidos, buscando efectivamente el equilibrio adecuado en el doble papel del profesorado. Es necesario un nuevo modelo de financiación universitaria que contemple con atención principal y no tangencial la creación de complementos de excelencia científica y de innovación. Pero, sobre todo, tiene que clarificarse el valor que respectivamente haya de reconocerse al componente docente y al investigador centro de la carrera y la actividad cotidiana del profesor universitario. En la actualidad, por ejemplo, la dirección de una tesis doctoral equivale en mi Universidad a una reducción de un crédito anual de la carga docente del profesor, es decir, ¡el equivalente a unas ocho horas de clase presencial! Cualquiera que haya sido doctorando sabe que es más, muchísimo más, el tiempo que esta labor requiere. Por eso no puede sorprender que sean cada vez más los profesores que se muestran reacios a dirigir tesis doctorales.

       La visión de futuro de la ciencia y la tecnología requieren un sistema universitario que se alimente de ambos nutrientes y garantice su obtención de manera constante y en su justa proporción. Un profesor universitario español puede en la actualidad enfocar su profesión hacia la docencia exclusivamente, o puede además tratar de ampliar su magisterio con el fruto del esfuerzo investigador. Entre ambas opciones existe una diferencia cualitativa y cuantitativa que las separa en el orden académico y que merece un nuevo equilibrio, pero éste no puede consistir sólo en remunerar el esfuerzo investigador, sino, sobre todo, en valorarlo al repartir la carga docente, de manera que los profesores que no aporten producción científica vean incrementadas sus horas lectivas para compensar el desajuste. 

Es bueno y necesario que nuestra sociedad sepa que al profesorado de la Universidad española que sigue investigando no le mueve el dinero, como lo es también que pueda medir y valorar su dedicación, a menudo incomprendida por los propios compañeros y, peor aún, denostada por el recelo de los que simplemente no tienen vergüenza y utilizan la universidad para disfrutar cuotas de poder completamente antiacadémicas[26]. Para que la Universidad siga siendo cuna de la ciencia debe hacerse lo posible para que pasen a ser mayoría los profesores-científicos, frente a los meros docentes, encargados de transmitir un conocimiento a cuya creación no contribuyen.

      Pese a todo, la producción científica española crece de manera cuantitativamente muy relevante. El número de publicaciones es, a veces, hasta excesivo. Pero no siempre se hace ciencia de calidad. ¿Dónde está el origen del desfase? A mi juicio, ello radica claramente en que la producción científica en la universidad se ha burocratizado hasta extremos caricaturescos, de manera que, se haga ciencia de calidad o no, parece que a la universidad española eso no le resulta tan importante: lo que interesa es publicar como sea, más que aportar o innovar.

 Una vez más nos encontramos con un fenómeno que no es nuevo por estos lares. Volviendo a Unamuno, señalaba el rector de Salamanca que acaso sea España el país en que, a igualdad de ignorancia, se publiquen más trabajos acerca de la cuadratura del círculo… del idioma paradisíaco, o de la inmortalidad del cangrejo… por muchos se cultiva de intento la ignorancia[27].

 En las universidades españolas, sobre todo en las cafeterías de sus diversas facultades, pululan todavía ejemplares de docentes que critican el esfuerzo investigador de sus colegas, considerándolo una tarea que va en detrimento de la calidad de su docencia. Pero estoy seguro de que en la mayoría de los casos, más que auténtica estupidez, que también, esta postura esconde frustración, culpa, puede que envidia. Es una especie universitaria dañina, más que por su capacidad para lastrar el progreso investigador ajeno, porque manda un mensaje equívoco a los alumnos: el de que los profesores que investigan responden a un modelo de profesor egocéntrico que se vuelca vanidosamente en la tarea de construcción de un curriculum, en detrimento de las clases que imparte a los alumnos.

Quizás la única solución, si otro remedio no se encuentra, sea configurar una carrera científica como algo distinto y no necesariamente ligado a la docencia. A mí me parece una mala solución, que perjudica claramente la calidad de la enseñanza que reciben los alumnos, pero lo que no puede pedírsele al profesor universitario es que esté en misa y repicando.

 

 

 

 


[1] JUDT, T., El refugio de la memoria, Madrid, 2011, p. 157.

[2]JUDT, T., Algo va mal, Madrid, 2010, p. 169.

[3]Mohicanos y bárbaros en el gueto”, en “El País” de 29 de mayo de 2012.

[4] VARGAS LLOSA, M., La civilización del espectáculo, Madrid, 2012, p. 84.

[5] JUDT, T., El refugio de la memoria, cit., p. 157.

[6] “La defensa banal e indiscriminada de la democracia como garantía de acceso universal al saber una falacia”. Así,  LLOVET, J., Adiós a la universidad, Madrid, 2011, pp. 315 y 353. Según dicho autor: “ninguna sociedad puede arrinconar esta aristocracia natural o de mérito, cosa que no tiene nada que ver con la clase aristocrática de cualquier tipo de Ancien Régime. Se trata, simplemente, de considerar que toda sociedad precisa de una élite, o, por decirlo en términos geométricos, una cúspide de la pirámide cultural constituida por los ciudadanos más preparados, siempre en el bien entendido de que esta punta de lanza de la pirámide…esparza su excelencia por todo el resto de la sociedad”.

[7] Sobre este asunto reflexiona ampliamente Jordi LLOVET, en su obra, Adiós a la universidad, cit., pp. 277 ss.

[8] Resulta significativo lo que señala ARISTÓTELES, en su Política: “los buenos legisladores han salido de la clase media. Solón se encontraba en este caso, como lo atestiguan sus versos; Licurgo pertenecían a esta clase, puesto que no era rey; con Carondas y con otros muchos sucede lo mismo” (Libro VI, cap. IX).

[9] En la misma línea, refiriéndose a la cultura en general, por ejemplo, Cesar Antonio Molina. Vid., “Mohicanos y bárbaros en el gueto”, en “El País” de 29 de mayo de 2012.

[10] ADELA CORTINA, catedrática de filosofía moral, en una entrevista en la revista Unelibros, núm. 21, otoño 2010, p. 7.

[11]La imaginación sin poder”. Publicado en La Tercera de ABC del 18 de marzo de 2012.

[12] Núm. 21, otoño 2010, p. 7.

[13] SÁNCHEZ FERLOSIO, R., La hija de la guerra y la madre de la patria, Barcelona, 2002, p. 33.

[14] En este sentido, entre otros, LLOVET, J., Adiós a la universidad, cit., pp. 283-284 ; y BERMEJO BARRERA, J.C., La fábrica de la ignorancia. La universidad del “como si”, , Madrid, 2009, p. 65.

[15] Así lo ha señalado lo mejor del pensamiento europeo. Por ejemplo, SCHLEIERMACHER, F., Gelegentliche Gedanken über die Universitäten im deutschen Sinn, Berlín, 1808, pp. 22 ss. (cita extraída de LLOVET, J, Adiós a la universidad, cit., p. 53: “El verdadero espíritu de la universidad consiste en dejar que reine la mayor libertad en el seno de cada una de sus facultades. Es completamente estúpido ordenar normativamente el orden en que los cursos deben sucederse, o dividir el conjunto de los saberes en sectores delimitados… Ello significaría un acicate al estancamiento; por el contrario, cada dominio científico queda insuflado con una nueva vida cuando los individuos, sobre todo de formación diferente, retoman su estudio desde sus fundamentos… A ello se debe que la preponderancia de enseñanzas con un título fijo manifieste una mentalidad más escolar que verdaderamente universitaria”.

[16] BERMEJO BARRERA, J.C., La fábrica de la ignorancia. La universidad del “como si”, cit. p. 71, quien añade que en la universidad española actual parece estar vigente el concepto de servidumbre voluntaria.

[17] La fábrica de la ignorancia. La universidad del “como si, p. 54.

[18] Decía UNAMUNO (De la enseñanza superior en España, cit., p. 29) que en nuestro sistema de enseñanza puede hacer un catedrático lo que le dé la gana, que es el funcionario más libre e irresponsable que haya. Sobre tales movimiento pendulares de nuestra historia decía JIMÉNEZ LOZANO (Los cementerios civiles y la heterodoxia española, Madrid, 1978, p. 27) que “…cuando oscila unos milímetros hacia un lado: el lado del progreso, el de la apertura al futuro o simplemente a la realidad del mundo moderno, se desplaza diez metros en el otro sentido: en el de la seguridad, de la inmovilidad, la tradición, el orden, la inercia mental; como si se temiera que, de otro modo, fuera a descomponerse todo el mecanismo del ser de España, de la ortodoxia-españolidad”.

[19] Adiós a la universidad, cit., p. 352, según el cual: “las universidades se hallan dominadas en demasía, en estos momentos, por individuos desprovistos de la menor pátina de pasión intelectual, expresión que, en opinión del autor, quiere decir poseer, a un tiempo, una pasión por el conocimiento, un interés por la educación y por la política, y una cierta preocupación de orden moral que lo arropa todo”.

[20] Adiós a la universidad, cit., pp. 136-137 y 266.

[21] SÁNCHEZ FERLOSIO, R., La hija de la guerra y la madre de la patria, cit., p. 32.

[22] CLEMENTE ÁLVAREZ, La carrera científica está en crisis, según la OCDE, El País, 24 de mayo de 2006.

[23] También BERMEJO BARRERA, J.C., La fábrica de la ignorancia. La universidad del “como si”, cit., pp. 21-22, señala que en la España del siglo XIX y principios del XX, los puestos de profesor fueron casi siempre paso previo en una carrera política.

[24] Entrevista en la revista Unelibros, núm. 19, otoño 2009, p. 14.

[25] BERMEJO BARRERA, J.C., La fábrica de la ignorancia. La universidad del “como si”, cit. p. 74.

[26] Este grupo ha sido en muchas ocasiones y en muchas universidades predominante, confirmando así el juicio de UNAMUNO (De la enseñanza superior en España, Obras Completas, tomo VIII, Ensayos, Madrid, 2007, p. 13) de que en España predomina una concepción beneficiaria u hospiciana de la universidad, que es un hospicio de sectarios docentes. Siguiendo con don Miguel, éste, con sorna, comentaba la jornada de estos profesores exclusivamente docentes: “se endilga la lección y ya es domingo para el resto del día”. Según UNAMUNO, el ser catedrático es un oficio, un modo de vivir, se pesca la propiedad de una cátedra, no se mera posesión: “Es corriente el creer que la oposición da un derecho natural, incontrovertible, anterior y superior a la ley”.

[27] UNAMUNO, M., De la enseñanza superior en España, cit., p. 25.

 

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