La raíz alienada de la socialización

Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, es filósofo y crítico de arte. Influido por la heterodoxia del pensamiento occidental (Leibniz, Nietzche, Lacan, Deleuze), desarrolla desde hace años un trabajo filosófico en una doble dirección. De un lado, una afirmación ontológica de la singularidad, de su impacto irrepresentable. De otro, una crítica de la violencia microfísica del poder postmoderno. En ambos registros intenta rescatar la potencia conceptual de distintos creadores contemporáneos, desde Baudrillard hasta Badiou, de Agamben a Sokurov.


RESUMEN
"Sociedad y barbarie" es el ultimo libro publicado por Ignacio Castro Rey, quien a lo largo de este artículo ofrece una síntesis de la obra en defensa de los derechos éticos y políticos de una existencia cualquiera, libre de cualquier esencia histórica que la quiera determinar desde “arriba”. Según su autor no se trata de una incursión erudita en el pasado, del análisis de un momento venerable en la historia del pensamiento. Lejos de esto, se analiza a Marx para pensar de nuevo la coacción espiritual que se ejerce día a día sobre nuestras vidas. El autor piensa que es imposible volver a pensar a Marx, desde las raíces, sin remover un canon metafísico que guía nuestra cultura.
ABSTRACT
"Company and barbarism" is the last book published by Ignacio Castro Rey, who along this article offers a synthesis of the work in defense of the ethical and political rights of an existence anyone, free of any historical essence that wants to determine it from "above". According to his author it is not a question of an erudite incursion in the past, of the analysis of a venerable moment in the history of the thought. Far from this, Marx is analyzed to think again the spiritual constraint that is exercised day after day on our lives. The author thinks that it is impossible to return to think Marx, from the roots, without removing a metaphysical canon that guides our culture.

El análisis de Marx sobre el Capital no es en absoluto insustituible. En un momento inicial de Sociedad y barbarie (Ed. Melusina) se recuerda que la crítica de la economía política en Marx sigue teniendo la forma de la economía. Es el “espejo de la producción” lo que Marx no perfora, esa teleología irreversible del tiempo histórico, guiado por una ley dialéctica que nunca rompe con la comprensión lineal de las cosas. De manera que Marx no entiende la ley compleja que guía la vida, mucho más compleja que una simple dinámica “de clases”. De hecho, no hay tal Ley de la historia ni del individuo, ninguna Ley que no hunda sus raíces en la contingencia. Es la creencia en tal Ley (la ideología marxista es otra creencia) la que ha convertido a la economía en una religión asfixiante, y a la izquierda oficial en una alternativa que engrasa continuamente el sistema.

El éxito del pensamiento de Marx se debe a una reacción defensiva contra el individualismo, esa feroz competencia “antisocial” que está en la base de la moderna cultura urbana. Pero una de las cosas sobre las que hay que insistir es en la idea de que la raíz del pensamiento de Marx, precisamente por su naturaleza reactiva, es el individualismo moderno. Hablo de una concepción del hombre esencialmente liberal, pura inversión aritmética de la misma idea insular propia de la economía liberal. Sólo a partir de esta atomización antropológica, que Marx hereda del capitalismo, es posible y necesaria la máquina de guerra del socialismo científico, la conexión a través del trabajo, la socialización masiva y el Estado.

Marx conecta por fuera un hombre aislado en su misma alma. Este hombre sólo tiene el contexto “material” que determina su conciencia. La rapidez de la locomotora soviética vendría después. Por eso se puede decir que Marx ha sido clave para la penetración de la modernización capitalista en Rusia o China. Pero el problema no es el estalinismo soviético, sino nuestro “estalinismo” democrático, esta furia actual de una socialización que nos impide ninguna distancia con la interactividad. ¿La manida “crisis” actual no es un producto de nuestra disciplina de masas, de nuestro funcionamiento en bloque, de esta interactividad mundial del individualismo? Es este imperio social omnipresente lo que fuerza una impune corrupción de masas, una completa dependencia social del individuo (tanto en el trabajo, como en el ocio y el paro), un reino de la visibilidad desarmado frente a lo invisible.

Mientras no volvamos a una noción fuerte de la individuación, la de un individuo (hombre, localidad, movimiento social, nación) que tiene en sí mismo una comunidad latente, el capitalismo ha triunfado como cultura y la acumulación es lo único que nos queda. Que es justamente de lo que se puede acusar a Marx: de cambiar una acumulación por otra. Tanto el justicialismo peronista, como la caridad cristiana, como el comunitarismo musulmán y una amplia clase de populismos latinoamericanos, son una fuga del nihilismo feroz de nuestra cultura, tanto en versión liberal como socialista.

Lo problemático de Sociedad y barbarie no es que señale insuficiencias en el marxismo, sino que se plantee precisamente prescindir de la filosofía de Marx “en bloque”. Y esto no se hace apelando a un supuesto “repliegue” individualista que representarían Nietzsche y Stirner, sino justamente lo contrario, planteando un urgente salto hacia delante, hacia una concepción no “dialéctica” del hombre aislado y lo real atomizado. Más bien este libro acusa al pensamiento de Marx, en conjunto, de constituir un inusitado repliegue del pensamiento.

Precisamente una de las tesis a considerar es que el pensamiento de Marx, gracias a su dialéctica del aislamiento y la conexión, se ha incrustado en la cultura del capitalismo, ha configurado incluso al capitalismo como cultura, regalándole una alternativa interna infinita (la lucha de clases) que no lo pone en cuestión. Las aberraciones históricas del siglo XX, menos el estalinismo soviético que el “estalinismo alternativo” que hoy triunfa por doquier, son sólo un signo externo de esta coacción social sobre las vidas, esta totalización de la Historia que el marxismo ha facilitado.

Según cierto punto de vista, el “materialismo histórico” no es más que la ideología capitalista llevada hasta sus últimas consecuencias, hasta una sacralización de la teleología histórica. Esto es justo lo que la época quería oír para poder mundializar el universo occidental burgués, no sólo hasta Rusia y China. Hay que referirse aquí a una “metafísica de la presencia” que entiende lo real en términos de contexto estadístico, contable y visible, a través de grandes movimiento de clase que reproducen una y otra vez una disciplina de masas, mayoritaria o minoritaria.

Luchando ferozmente contra todos los idealismos de la época, tal “principio de realidad” marxiano convertido desde entonces a la cuantificación social en científica. Lo real es desde entonces este totalitarismo de la actualidad que funciona en grandes rasgos contables, sociológicos, laborales, estadísticos, de clase, etc. Tal ideología define de manera arrolladora un terreno de juego dentro del cual la política occidental se dilucida entre alternativas que juegan el mismo partido. No debe ser ajena a esto la curiosa convergencia de derecha e izquierda, desde hace décadas, a la hora de pactar una política exterior y satanizar de común acuerdo a los enemigos lejanos a los cuales se podía masacrar de manera justa.

La usura conceptual sobre lo real, contra la cual se han opuesto heroicamente algunas Vanguardias del pasado siglo, recibe en Marx un espaldarazo definitivo al erigir un “materialismo” histórico-dialéctico que santifica el papel de la economía. No debe ser ajena a esta reducción filosófica la íntima relación del pensamiento de Marx con el periodismo de la época.

Si entendemos que el materialismo histórico configura nuestro “terreno de juego” poco hay que hacer después, sólo arañar migajas al orden capitalista de la acumulación, cosa que es más o menos lo que se ha limitado a hacer la izquierda en los últimos cien años. Existe en este punto una pregunta de Deleuze que hoy sentimos, después de González, Blair y Obama, particularmente pertinente: “¿Cuándo la socialdemocracia ha dejado de dar la orden disparar si la miseria amenazaba salir de su ghetto?

Por el contrario, tomando en serio la poesía como ciencia del ser único, de la singularidad que es en cada caso lo real (una nación, un movimiento, una localidad, un individuo), en Sociedad y barbarie se plantea que todo acto subversivo es una acto singular de desclasamiento, acto que irrumpe en virtud de romper con la lógica de los bloques y el imperio del contexto. ¿Breton frente a Trotsky? ¿Artaud frente a Breton? De cualquier manera, casar las visiones de Nadja con cierta visión mecánica del mundo, por dialéctica que sea, quizás fue comprensible entonces; seguir haciéndolo ahora roza lo indecente.

Que le pregunten a los habitantes de medio mundo, a esa monotonía (con su correlativo culto al espectáculo) que se ha apoderado de las vidas entre Alemania y Texas. Parece una auténtica desgracia para las aspiraciones de liberación de la gente, que siempre son a la vez singulares y colectivas, esa ideología del tablero sociológico de juego. Toda apuesta, en una medida u otra rupturista, ha partido de romper con la idea del “terreno de juego” para entender que la violencia del juego, del juego sin suelo, es más bien lo que hace el “terreno”.

Es difícil poner en cuestión parte de nuestro bagaje de tradiciones intocables. Pero va siendo hora de hablar claro en esta maraña que nos paraliza. Maraña que sigue complementando el dictado mayoritario de la economía con encantadores juegos florales-culturales para las minorías que buscan otro culto.

La cuestión se dilucida entre tomar el arte radicalmente en serio, como modelo de los límites de lo político, de una comunidad que jamás será traducible en sociedad, o entender el arte, y las culturas exteriores, como un exótico arreglo de fin de semana destinado a sedar la humillación diaria. El arte insiste en que lo exterior, una mutación que aparece por fuera, es la verdad, siempre teñida de enigma y contingencia. Si entendemos que en esa enigmática contingencia no hay ninguna lección para la política, estamos condenados a repetir hasta el infinito el miedo y la humillación diaria que se ha convertido en norma en la vida media de Occidente.

La lección ética y política del arte nos exige por en entredicho el “racismo teórico” (Baudrillard) de un marxismo que desprecia las zonas de sombra y reposo, el misterio del ser humano, el “atraso” de culturas que apenas conocemos, la eternidad de una vida mortal y una tierra que no cambian… Allí donde gobierna la inteligencia liberal del capitalismo, Marx pronto se convierte en una fuerza socialdemócrata, reformista. Entre nosotros, los ciudadanos de herencia europea que ya estamos “ultraestatalizados” (Deleuze habló de un estatismo continuo), el movimiento de emancipación debería ser hoy muy distinto al que propugna Marx. Para no ser devorados por esta economía mundial e interactiva, necesitamos volver a una noción fuerte de lo que podríamos llamar individuación, esto es, la defensa de singularidades que son siempre comunidades contingentes, en marcha.

No se trata de refugiarse en el localismo individualista, sino de pensar la universalidad local, el absoluto de las vidas reales. Aquí el pensamiento de Marx es un obstáculo casi militar, pues su filosofía tiene problemas hegelianos con esas “figuras del arraigo” (la patología personal y familiar, las peculiaridades raciales, éticas, locales) que nos permitirían pensar la libertad como una modulación de la necesidad, no como su “superación”. La idea en Marx de la emancipación, cómplice de la metafísica triunfal en Occidente, parte de oponerla de raíz a la fatalidad natal. El capitalismo triunfa así, ayudado por el progresismo marxista, como cultura de la separación y la acumulación. La “velocidad de escape” es lo único que le queda a un nihilismo que ha alienado al hombre de raíz.

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