La entrevista periodística, un género a caballo entre la vida y la muerte

Periodista, escritor y profesor. Nació en Madrid en 1963. Es Doctor y Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad ejerce como profesor de Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Como investigador, es autor de varios libros y documentales sobre actualidad política, comunicación y cultura.


RESUMEN
Hay entrevistas buenas o malas, reales o ficticias, a vivos o a muertos, verdaderas, auténticas, verosímiles o anodinas. Las que valen la pena extraen el mejor jugo de su protagonista, después de batirse en duelo sobre el escenario de un teatro que sirve para que dos luchadores, entrevistador u entrevistado, representen sus papeles con talento, ingenio y emoción.
ABSTRACT
It has guessed good or bad, royal or fictitious, to alive or to dead men, real, authentic, credible or bland. Those who cost a sorrow extract the best juice of his protagonist, after be beating in duel on the scene of a theatre that serves in order that two fighters, interviewer or interviewed, represent his papers with talent, ingenuity and emotion.

La entrevista no siempre ha sido un género periodístico respetado. En sus inicios muchos consideraban el formato como algo despreciable. Christopher Silvester, ex periodista y en la actualidad profesor de Historia en Peterhouse, Cambridge, recopiló en Las grandes entrevistas de la historia las piezas que consideró más interesantes para ilustrar el género. Apuntaba en su extenso prólogo que la primera entrevista periodística fue publicada en el New York Tribune el 20 de agosto de 1859 y que su autor fue Horace Greeley, que retrató a Brigham Young, líder de los mormones, que sustiuyó al fundador de la secta, Joseph Smith, en 1844.

En su edición española (El País-Aguilar), Rosa Montero, autora también de numerosas entrevistas para El País, pone en duda el dato, ya que hay periódicos españoles, italianos, franceses y griegos que tal vez no han sido analizados por Silvester, que se publicaron ya en el siglo XVII y que probablemente ya incluyeran alguna pieza parecida a lo que entendemos hoy por entrevista.

La recopilación de Silvester contiene sesenta y una entrevistas aparecidas en la prensa entre 1859 y 1992, con personajes del XIX como Karl Marx, Theodore Roosevelt, Henry Stanley, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Thomas Edison, Bismarck, Rudyard Kipling, Émile Zola, Oscar Wilde, Henrik Ibsen y León Tolstoi, entre otros.
El siglo XX está representado por Greta Garbo, S. Freud, G. Bernard Shaw, A. Hitler, B. Mussolini, I. Stalin, F. Scott Fitzgerald, P. Picasso, M. Gandhi, D. Thomas, S. Beckett, J.F. Kennedy, Marilyn Monroe, Mao Zedong, John Lenon, Margaret Thatcher o Mae West.
La colección reúne excelentes ejemplos para explorar la forma de entrevistar que los lectores han podido apreciar a lo largo de los últimos doscientos años y la manera en que unos personajes y otros se sometían a la fórmula que ha subsistido en la prensa y los medios audiovisuales hasta hoy.
No todos, como se apuntaba arriba, elevaban el género hasta los altares. Mark Twain, por ejemplo, creía que “la entrevista no fue una invención feliz”. Pensaba que tal vez fuera “la manera menos afortunada de intentar dar con lo que realmente pueda ser un hombre”. De hecho, muchos políticos, empezando por los sucesivos presidentes de Gobierno de la democracia, han usado con frecuencia a periodistas de su elección para lanzar los mensajes que han considerado oportunos sin someterse a un verdadero escrutinio crítico y revelador.

Otros, en cambio, creen todo lo contrario. Han hecho de la entrevista la expresión de un género periodístico capaz de escarbar en lo que sus protagonistas desean ocultar. En esta línea podríamos mencionar a la italiana Oriana Fallaci, empeñada en dotar sus diálogos de una tensión emocional e informativa  inusuales para sacar a sus entrevistados de las rutinas mil veces ensayadas y obtener impresiones de los personajes más cercanas a la realidad que estos pretenden ocultar.

La entrevista es un diálogo que se establece entre dos personas, generalmente un periodista y un personaje de interés, para obtener información y publicarla. Las definiciones académicas son muchas y los matices dependen de cada autor. La única distinción que nos interesa hacer aquí es la que tiene que ver con el destino de la información que se obtiene y la forma que se le da a la hora de publicarla. Lógicamente, una entrevista orientada a buscar datos e información sin más, destinada a alimentar un reportaje o una simple periodística no requiere la escenificación de un encuentro formal. Puede entrañar más o menos dificultades si la información que se requiere es delicada. Por ejemplo, si la intención es elaborar un reportaje de investigación con testimonios más o menos reveladores sobre un asunto determinado. La que nos interesa aquí es la entrevista de fondo, la que exige al entrevistador una disposición especial para orientar al entrevistado hacia un fin que la mayor parte de las veces tiene que ver con su personalidad y sus ideas acerca de la vida, la política o la sociedad que le rodea. Estos encuentros necesitan de una escenificación que Rosa Montero compara con “un teatro para el diálogo”.

Explica la periodista  que “la entrevista es en parte teatro y en parte ficción narrativa: un cuento que el entrevistado
protagoniza”. Precisa que “con esto no quiero decir que el periodista invente la interviú, antes al contrario, creo
que hay que ser extremadamente exigente con la fidelidad debida a los hechos”. Montero pone el dedo en la llaga, al plantear los problemas de edición que se dan al dar forma a ese diálogo que no siempre se reproduce exacto: “Por ejemplo, a la hora de acortar las respuestas (casi siempre hay que resumirlas por cuestión de espacio), es imperativo no
alterar ni un ápice la sustancia del razonamiento: si los cortes afectaran la coherencia, mejor prescindir por completo de ese tema. Tampoco son aceptables algunos viejos trucos que no pocos entrevistadores utilizan, como, por ejemplo, poner en tu propia boca, a la hora de escribir el texto,preguntas  ingeniosas y desafiantes que en realidad jamás has formulado porque no te has atrevido. Y es que en el momento mismo de hablar con el personaje puede haber mucha violencia soterrada. Así
como complicidad, fascinación o espanto. Una entrevista puede estar hirviendo de emociones”.

Como síntoma de los peligros que acechan al género, el ex presidente del Congreso y de Castilla La Mancha, José Bono, subrayaba en el Ateneo de Madrid, durante la presentación de las “Auténticas entrevistas falsas” (octubre de 2012), del periodista Víctor Márquez Reviriego, que hoy día parece que todas las entrevistas se pactan en todos sus detalles para mayor gloria de los entrevistados, y que tal vez por ello, en la actualidad, las entrevistas se leen menos que los editoriales.

Ese teatro de las emociones del que habla Montero no tiene lugar en esa modalidad de la entrevista impostada, sin duelo entre sus protagonistas. El pacto no tiene sentido cuando el personaje se expone a la habilidad de un entrevistador audaz que aprovecha la tensión de un momento para obtener un clímax y un material que el entrevistado tal vez desee mantener oculto. Esa lucha por arrebatar lo más esencial del pensamiento y las emociones de una persona produce el material con el que se compone una entrevista en condiciones.

Si una entrevista en profundidad no se aborda así, son preferibles las entrevistas falsas de Reviriego, que son de otra especie porque sus entrevistados ya están muertos. Son por tanto entrevistas falsas, sí, porque se trata de entrevistas ficticias realizadas a personajes insignes ya fallecidos, incluido ese Mark Twain que odiaba el género en sí, a quienes el escritor onubense hace hablar con su estilo característico rescatando el pensamiento esencial de sus protagonistas. “Al ser falsas –afirma Reviriego– tienen que resultar más verosímiles que las verdaderas”. Tan verosímiles tienen que ser, que sus protagonistas pueden hablar hasta de lo que pasa con su obra años después de su muerte, como Twain, que murió en 1910 y comenta, abiertamente, cosas sobre su figura que datan de 1930, sin perder un ápice de su interés, y a pesar de que no se trata de un encuentro escenificado, teatral, al estilo de Rosa Montero.

En este juego entre lo falso pero verosímil y lo verdadero pero anodino, ganan Márquez Reviriego, al frente de ese género nuevo inventado pero fiel al fundamento de últmo de encontrar al personaje verdadero, y entrevistadoras de raza como Oriana Fallaci o la propia Montero, que se exponen al encuentro con sus emociones a flor de piel.

Reviriego sufre para completar sus singulares entrevistas porque consulta una amplia documentación que le permite reproducir con una imaginación desbordante pero de forma inteligente e ingeniosa la personalidad más cierta de sus protagonistas.

En su libro recopilatorio reúne 40 entrevistas ya publicadas en la revista Leer, que surgieron cuando el editor, José Luis Gutiérrez, encargó a Reviriego que entrevistase a Miguel de Cervantes para conmemorar el IV centenario del Quijote. Esta fue la primera entrevista que Reviriego realizaba a un muerto. Luego prestó atención a Juan Ramón Jiménez, Góngora, Ignacio Sánchez Mejías, Miguel Hernández, Julio Verne, Raymond Aron, Jena Paul Sartre, Albert Einstein, Pío Baroja, Jacinto Benavente, Dionisio Ridruejo, Eugenio d’Ors, Ramón Menéndez Pidal, Albert Camus, Simone de Beauvoir, Baltasar Gracián, Alejandro Sawa, Manuel Machado, Antonio Machado, Pedro Laín, Mariano José de Larra, Charles Darwin, Edgar Allan Poe, Camilo José Cela, Stefan Zweig, Guillermo Cabrera Infante, Malco Lowry, Nicolás Guillén, Daniel Defoe, Antonio de Nebrija, Roberto Bolaño, Enrique Tierno Galván, Gregorio Marañón, Ignacio Sánchez Mejías, José Ortega y Gasset, Pablo Iglesias, Lope de Vega, Mark Twain, Luis de Góngora, Melchor Gaspar de Jovellanos, Manuel Azaña, Eugenio Noel, Louis-Ferdinand Céline, Tennesee Williams, Erasmo de Rotterdam y Dashiell Hammett.

No sabemos si todos esos nombres ilustres temían a sus posibles entrevistadores como Twain. “Te encierras en tu concha –escribe el autor de Las aventuras de Huckleberry Finn–, te pones en guardia, te haces el descolorido, intentas hacerte el listo y darle vueltas al tema sin decir nada y, cuando al fin lo ves todo impreso, te enferma ver cuán bien lo hiciste”. Twain resalta que en las entrevistas los personajes pueden responder cualquier cosa y construir perfiles irreales de sí mismos.  ¿Sirve por tanto la entrevista como medio fiable de conocimiento? Twain cree que no, por la torpeza de quienes preguntan sin ton ni son: “Hay un montón de razones por las que toda entrevista es un error. Una de ellas es que el entrevistador, luego de abrir grifos aquí, allá y acullá, haciendo multitud de preguntas hasta dar con el que fluye libremente y con interés, nunca parece pensar que lo sabio sería concentrarse en este último y tratar de sacarle el mejor provecho, desentendiéndose de todo lo que ha dejado ya correr. Pero él no lo ve así: se asegura de cerrar ese manantial con otra pregunta sobre alguna otra cuestión, y con ello su única pobre oportunidad de llevar a casa algo de valor escapa de inmediato y para siempre”.

Oriana Fallaci y Rosa Montero no estarán de acuerdo con este punto de vista. Pero hay que tenerlo en cuenta. Y la verdad es que esto no ocurre con las entrevistas falsas de Márquez Reviriego, cuyos personajes se explican en la medida en que lo necesitan, desarrollando ideas  como no lo habrían hecho ante un entrevistador obsesionado por el titular fácil y de corto recorrido. De ahí su valor. El propio Reviriego subraya las limitaciones de ese periodismo atrapado en la actualidad, que ha perdido de vista el pasado del que procede y el futuro hacia el que la actualidad se dirige  “como una bala”.

Una buena entrevista real precisa tiempo y hay entrevistadores que se han pasado horas, días y hasta semanas con el entrevistado para conseguir un retrato más profundo del personaje. En una ocasión John Hersey, el autor de Hiroshima, sobre las consecuencias de la bomba atómica que cayó sobre aquella ciudad, considerado uno de los mejores reportajes largos de la historia del periodismo, se instaló durante semanas en la casa de Bernard Baruch, asesor de varios presidentes norteamericanos, para hacerle una larga entrevista para el New Yorker. Esto podría resultar exagerado porque el trato frecuente con el entrevistado durante un tiempo tan largo podría desvirtuar la entrevista como tal. En el caso de Hersey, hay que decir que consiguió un retrato exhaustivo del personaje que probablemente no habría conseguido de otra manera. Tampoco sabemos si esta fórmula habría satisfecho a Twain.

Personajes como Montserrat Caballé se han quejado de tener que dedicarle más de veinte minutos a una entrevista. Cuando Rosa Montero entrevistó a la diva durante una hora en 1982, casi le monta un escándalo.

“Yo no me siento, ni lograré jamás sentirme –afirma Oriana Fallaci–, un frío registrador de lo que escucho y veo”. Y lo explica diciendo: “Sobre toda experiencia profesional dejo jirones del alma, participo con aquel a quien escucho y veo como si la cosa me afectase personalmente o hubiese de tomar posición”.

Por su parte, Hugh Sherwood, autor de “La entrevista”, uno de los manuales universitarios de referencia, dice que para alcanzar el éxito como entrevistador “es necesario escuchar con un tercer oído”, y que para ello, el entrevistador “debe oír algo más que las palabras que pronuncia el entrevistado. Debe captar sus sentimientos ocultos, sus reacciones no expresadas. En muchos sentidos, esta forma de escuchar es contemplar, porque debe observar los movimientos de la cabeza, los parpadeos de los ojos y los gestos de las manos que, a menudo, dicen más sobre las auténticas reacciones del entrevistado que las palabras que pueda estar pronunciando”.

Sherwood y sus seguidores reivindican la participación activa del entrevistador. Que agudice el oído, la vista y todo su ingenio, parece decir, aunque a Twain le espante este protagonismo excesivo del periodista: “Al ver por sí mismo cuánto de lo que no valía la pena haber dicho está todavía crudo, intenta componerlo poniendo de su propia cosecha que cree madura pero que, en verdad, está podrida”. Twain cree que “el entrevistador te disemina, hecho picadillo, por toda la redondez del mundo, pero no puede concebir que te lo tomes como un menoscabo”.

Más respetuoso con la idea del autor de Tom Sawyer es Martín Vivaldi, otro autor de manual que dice lo siguiente: “Si queremos reflejarlo tal y como es, procuremos que sea el propio entrevistado quien se defina, a través de sus palabras y gestos, de tal manera que, sin decir nosotros nada, el lector descubra por sí mismo los vicios y virtudes de la persona a quien le presentamos”.

Las entrevistas falsas de Márquez Reviriego reciben del autor el calificativo de “auténticas” porque, si tenemos en cuenta las limitaciones que presenta Mark Twain para considerar otras entrevistas reales como parte de un género fiable, las del onubense no sólo no desmerecen de la realidad sino que mejoran las incompletas respuestas que pudieran dar insignes genios de las letras como Twain o Unamuno.

Tampoco son comparables las entrevistas de Reviriego con las escandalosas entrevistas falsas que publicó el italiano Tommaso Debenedetti en numerosos medios, a los que presentó más de 80 conversaciones con autores de éxito y personajes como el Dalai Lama o el Papa sin que hubiera cruzado dos palabras con ellos. En este caso se trata de un fraude claro descubierto por el escritor norteamericano Philip Roth, que provocó una investigación de The New York Times que llegó a la conclusión de que las entrevistas que Debenedetti había hecho durante diez años eran todas falsas.

Roth se dio cuenta del fraude durante una entrevista que concedió a la periodista también italiana, Paola Zannutini, de La Repubblica, cuando ésta le preguntó sobre el comentario contra el presidente Barack Obama que supuestamente había emitido Roth. El escritor respondió inmediatamente que se trataba de una gran mentira y que nunca había dado una entrevista a Debenedetti ni al Libero, diario que la publicó.

En este contexto, resulta interesante observar las reacciones de los personajes entrevistados por Debenedetti, que no sólo viven sino que tienen la oportunidad de “leerse a sí mismos” y reaccionar ante la manipulación de sus discursos.

Dos de los supuestos entrevistados por Debenedetti son los escritores John Maxwell Coetze y Paul Auster que incluso llegaron a cambiar impresiones por carta sobre el escándalo y sus reacciones, tal y como revelaba recientemente El Cultural de El Mundo al ofrecer un adelanto del libro “Aquí ahora”, de Mondadori, en el que los dos autores, sudafricano nacionalizado australiano el primero, y norteamericano el segundo, hablan de la obra y la trascendencia de Philip Roth.

“Yo apenas entiendo italiano –escribe Coetze–, pero echando un vistazo a la entrevista inventada deduzco que me usa como portavoz de ciertas ideas que tiene él sobre Africa y Sudáfrica, de la misma manera que usa a Philip Roth como portavoz de sus ideas sobre Barack Obama”.

Coetze continúa su diatriba contra Debenedetti llamando la atención de su amigo Auster sobre otros aspectos no menos delicados:

“Si este es su modus operandi, entonces su meta global parece ser reunir una hueste de celebridades literarias para promover la visión de Debenedetti en el mundo.

Vivimos en una época en la que sólo las leyes contra el libelo impiden a aspirantes a escritores como Debenedetti convertirnos  a nosotros –y aquí “nosotros” se refiere a cualquiera cuyo nombre sea más o menos conocido– en personaje de sus ficciones, haciéndonos articular sentimientos y llevar a cabo acciones que nos pueden hacer gracia, molestar, ofender, repeler o hasta horrorizar. Si florecen proyectos como el suyo, entonces la seudoidentidades que esos tipos han creado para nosotros, con sus opiniones felizmente simplistas, acabarán imponiéndose en la conciencia del público, mientras que nuestras identidades “reales” y nuestras opiniones “verdaderas” (y tediosamente embarulladas) sólo las conocerán unos cuantos amigos”.

Coetze se queja de que Debenedetti representa el triunfo de los simuladores. Un riesgo que correría también Reviriego si sus entrevistas se presentaran como reales. De ahí la importancia que las suyas sean entrevistas realizadas a personajes muertos y presentadas como “auténticas entrevistas falsas”, en las que trata de ser fiel al pensamiento y al estilo de sus protagonistas sin impostarlos.

Por su parte, Auster confiesa a Coetze que siente curiosidad por leer otras entrevistas de Debenedetti en algún sitio de internet en las que alguien las hubiera podido reunir, y añade:

“La falsa entrevista conmigo se publicó en un periódico llamado (creo) Il Nazionale. Por lo visto, presentó una segunda entrevista en otro sitio, pero el director desconfió y se negó a publicarla. Eché una ojeada a la que se publicó, y cuando ví que me ponía a comparar la ciudad de Nueva York con una mujer, supe sin ningún género de duda que era inventada. He dicho muchas estupideces en mi vida, pero ninguna de ese calibre”.

Las diferencias entre Debenedetti y Reviriego son evidentes. No sólo porque en su compendio de entrevistas el escritor onubense sólo se haya ocupado de muertos, sino que cuando ha publicado en alguna ocasión entrevistas falsas con personajes vivos, declarando siempre su falsedad, como si se tratara de un juego, los personajes reales se han llegado a identificar tanto con la pluma de Reviriego que alguno incluso adoptó sus expresiones. Esto fue lo que ocurrió, por ejemplo, con el duque de Alba, Jesús Aguirre, tal y como recuerda Gregorio Morán en La Vanguardia: “En algún caso (Víctor Márquez) llegó a hacerlo (entrevistar) a vivos muy vivos, con éxitos espectaculares. La frase atribuida a Jesús Aguirre, ya duque, sobre “las jaquecas de los Alba” que él padecía, se la inventó Márquez Reviriego y le gustó tanto al duque consorte que la repetía como si fuera propia”.

Como decía arriba Rosa Montero, una buena entrevista es como un cuento, en el que entrevistador y entrevistado escenifican un papel con el fin de sacar el mayor partido de sus talentos, aunque uno de los dos luchadores esté muerto.

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